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El vuelo prematuro de los guacos

Desde enero hasta agosto, era común encontrarlas posadas en los pinos que adornan el Paseo Las Musas, pero han partido antes de tiempo. Nuestro redactor las observó durante años y las rememora con nostalgia en la siguiente crónica. 

  |   Nicky Rodríguez   |   Junio 15, 2011  

Por Nicky Rodríguez


Llevaba años observando cuidadosamente a los guacos, unos pájaros de famoso y potente croc con el que conviven los vecinos de Santa Victoria, San Eduardo, San Martín y Buenos Aires, y que proviene de los alargados árboles de pino que forman parte del paisaje del no menos famoso Paseo de las Musas. Estos árboles, a su vez, sirven de cortina de los vendavales que azotan las tardes de Chiclayo. 

Ahora en Lima, recuerdo que aquella bulla me recibió en incontables madrugadas, bien cuando marchaba a cazar la noche o antes que el alba cayera sobre mis ojos desorbitados por alguna bebida. Y les puedo jurar que, cada vez que retornaba a Chiclayo, era lo último que oía antes de sucumbir en las inexplicables profundidades del sueño.

Recuerdo que muchos días de mi adolescencia, cuando salía a correr por las mañanas, bordeaba aquella acequia que separa las musas de la avenida Garcilaso de la Vega â€”al frente del mercado Buenos Aires— y las observaba tanto que con el tiempo las llegaría a considerar como mi familia.

En una de esas ocasiones, cuando tomaba un descanso, me detuve a mirar el jardín. Entre las ramas descubrí unas cáscaras de huevo de color verde, pichones muertos y algunos restos de pececillos pequeños que sirven de alimento a estas aves de aspecto desagradable.

En otra ocasión observé a uno de aspecto juvenil a orillas de la acequia, inmóvil, concentrado, con sus ojos abiertos como horizontes, yo caminaba a la casa de un amigo y recuerdo que este gesto quedó grabado en mi cabeza hasta una hora después, cuando volví de mi visita y encontré la misma imagen. 

Es posible que no haya podido capturar nada para calmar su apetito hasta ese momento, pero me demostró que su especie la integran cazadoras pacientes, capaces de permanecer con la vista aguzada durante largos periodos de tiempo (al fin una mañana pude ver el rápido movimiento con el que capturan pequeños peces).

Los guacos Nycticorax violaceus miden 60 centímetros en promedio, son de color gris y presentan un pico de color negro. Prefieren los ambientes húmedos, siempre cercanos a alguna fuente de agua. Comen algas, sanguijuelas, gusanos, invertebrados marinos, anfibios, pequeños roedores y residuos orgánicos. Los ácidos digestivos de su estómago son tan fuertes que disuelven  los huesos que ingiere. La mayor parte del día pasan desapercibidos en sus nidos, salvo en el momento de pescar o cuando un depredador intenta alimentarse con alguno de sus polluelos recién nacido. 

Estas aves migratorias nos acompañaban, en el mejor de los casos, de diciembre a agosto,  según lo que pude comprobar durante varios años de observación. Y como mínimo las veía entre enero y julio. Pero siempre en verano para reproducirse. Ya el invierno duro de finales de julio o principio de agosto las hace partir a los cielos otra vez.

Pero hace unos días fui conmocionado con una noticia para mí aún increíble. Los guacos han desaparecido en junio, un mes en el que siempre los solía ver. Parte del equipo del portal que fue en distintas horas del día a fotografiarlos, no pudo hacerlo. Finalmente tuvimos que recurrir al archivo fotográfico de Raffo Rioja para ilustrar este recuerdo entrañable de mis guacos queridos.

Sin embargo, su partida prematura me deja preocupado y me formulo la siguiente pregunta: ¿efectos de la contaminación o un cambio de migración sin importancia?


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