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4 x 4: películas todo terreno

  |   César Vargas / Muchas pelí­culas   |   Julio 20, 2013

“Death proof” (2007), de Quentin Tarantino, trata de un caso extraño aunque provenga de Tarantino. En medio de dos producciones grandes como “Kill Bill” (2003-2004) y “Bastardos sin gloria” (2009), esta película escapa a las clasificaciones y a las calificaciones. Un psicópata doble de acción va por la carretera provocando accidentes de vehículos conducidos por mujeres jóvenes. Curioso ver a muchos de los personajes interpretados por dobles de acción y que estos asuman el control en medio de la anarquía total. “Death proof” por sí sola es dos películas en una (o varias películas en una). Es una película de terror en el más puro estilo gringo de carretera y chicas bonitas durante la primera parte, y una película explosiva y de persecuciones en la segunda. Una secuela directa de sí misma.

“The Truman Show” (1998), de Peter Weir, es la vida condensada en la ilusión mediática del bienestar. El sueño americano resulta ser un producto de la publicidad y la propaganda más pesadas, pero difundido con la liviandad que permite la televisión. El propio universo que generan los medios, su mitología reemplazan la vida "verdadera" de Truman Burbank, el nuevo Adán que busca Eva fuera del paraíso creado por Cristof, productor televisivo que no duda en aniquilar su propia obra en pos de la emoción extrema y de estadísticas exorbitantes.

“Mind game” (2004), de Masaaki Yuasa, el viaje a través de lo imposible –que proponían las películas de Méliès– ha podido recorrerse en parte gracias a las técnicas de animación y trucaje, las más diversas e inimaginables. Algunas de ellas aparecen en esta película japonesa que apunta hitos importantes de la animación –y el cine– de su país. Una historia que es la propia historia, muchas historias, diferentes percepciones. Un homenaje espectacular al anime, y al tiempo como abstracción y eje transversal de la vida.

“Sonata soledad” (1987), de Armando Robles Godoy, es una de las pocas ocasiones –y tal vez la primera– en que un autor peruano se enfrenta a sí mismo, a sus temores, represiones y motivaciones. Robles Godoy entendía el cine como una actividad muy personal y ello se manifiesta en esta película dividida –o contada– en tres partes o tempos. La infancia, al igual que Fellini, Chaplin, Scorsese, o muchos otros, es el momento crucial en la vida del realizador, el surgimiento de la sensibilidad. La obra manifiesta traumas y filiaciones, representa una catarsis permanente, pero que no se aleja del entorno sino que es resultante, aunque excluyente del mismo. El cine como la vida y la vida como el cine.

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