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Dragon Ball Z: la batalla de los dioses

  |   César Vargas / Muchas pelí­culas   |   Octubre 10, 2013

“Dragon Ball Z: La batalla de los dioses” (2013), de Masahiro Hosoda, añade un fragmento más a la larga historia construida por Akira Toriyama hace 25 años en el manga y luego en el anime. Y ahora ya no importa salvar el mundo o que la trama sea más sorprendente o significativa que lo antes visto. Por el contrario, el regreso de Gokú y sus amigos está lleno de guiños, nostalgia y sencillez.

La nueva película de esta franquicia hace algo muy saludable: no tomar en serio su propia mitología. Como ocurre con los personajes de acción en Estado Unidos (Stallone, Schwarzenegger, Van Damme) asumen el peso de todo lo vivido con el mejor de los ánimos exhibiendo nuevas técnicas de animación, personajes, diálogos y acciones que no tienen mayor finalidad que entretener a un público que no ha perdido el interés en su historia.

¿Es que a estas alturas hay algo más que se le pueda exigir a Dragon Ball? Desde su estreno en televisión hemos visto a sus protagonistas luchar, superarse, morir, renacer, salvar el mundo y el universo de cuanto villano tuviesen delante, caminar al lado de los dioses, etc. Ni siquiera sugerir que sea una historia más trascendente de lo que puede ser. Aparte de reconocer las limitaciones de guión y de construcción de personajes –sobre todo, los secundarios– toma plenamente la actitud de entretenimiento puro y duro, actitud similar que la de Gokú al enfrentar a Bils, dios de la destrucción, que más que un villano es un maestro, un guía en esta nueva –acaso última– etapa de la franquicia.

Y es que para quienes esperaban en este nuevo personaje al mejor y más poderoso villano de la saga, se equivocaron. La propia ‘condición divina’ de Bils le impide ser un villano. No tiene la soberbia de Freezer, ni la visceralidad de Cell o la estolidez de Majin Boo. A diferencia de ellos, tampoco lleva a cabo sus acciones por encargo de nadie ni tiene el peso de criatura diseñada para el mal. Por eso, su actitud relajada de principio a fin, con la misma serenidad para disfrutar la hora del almuerzo o la destrucción de los planetas.

“Dragon Ball Z: La batalla de los dioses” agrupa a sus personajes en forma de pirámide. Con Bils en la cúspide, seguido de su mentor Wils y Gokú en el segundo nivel, Vegeta y Bulma en el tercero y los demás secundarios como base. Por ello que estos últimos a veces aparezcan amontonados, como parte de la decoración. En otros casos, su presencia no hace más que llamar a la nostalgia. Se anuncia el nacimiento de la hija de Gohan y Videl (Pan, que será protagónica en Dragon Ball GT), Goten es confundido con la imagen del Gokú-niño (que recordamos de los primeros episodios de la serie) por el rey Pilaf (el primer villano) que ha sido convertido en niño por las esferas del dragón. De la misma forma, los espectadores vuelven a niñez invocando el poder del dragón Shen-Long.

Aún así resulta impresionante la campaña en redes sociales (con videoclip de cumbia incluido) que pedían el estreno de la película en salas comerciales de Latinoamérica y que consiguieron estrenar la versión doblada al español con muchas de las voces del elenco original. Y tal vez el gran mérito de la película sean las estrategias de marketing que inducen a estrenarla en cartelera para aprovechar la mayor cantidad de nichos de mercado que genera el anime. Recordemos que este caso no es el primero, pero supera por mucho el estreno de la producción europea “Tres metros sobre el cielo” (2009), de  Fernando González Molina, que también llegó a salas en Latinoamérica por las muchas peticiones en redes sociales.

Por lo demás, la película resulta de un planteamiento sencillo (por ratos frívolo y caprichoso) sin mayores sorpresas, salvo ver a Gokú y Vegeta en nuevos registros. El primero, caprichoso e incluso megalómano, en la búsqueda de mayores poderes, y el segundo, como padre de familia protector. Se echan de menos las canciones de la serie, pero vale ver la secuencia de créditos finales evocando todos los momentos de la saga que se despide definitivamente (al menos por ahora).

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