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La muerte de un burócrata

  |   César Vargas / Muchas pelí­culas   |   Septiembre 03, 2013

Durante la década del sesenta se plantea un panorama de renovación en el cine latinoamericano. En ese mismo contexto ocurren dos fenómenos importantes. El primero, el surgimiento de movimientos civiles y políticos que generan un periodo corto de optimismo en el mundo, el otro, la crisis de la producción de cine a nivel industrial. Ambas situaciones propician la búsqueda de nuevas estéticas y de nuevas posiciones con respecto al cine como hecho social. 

Así como el neorrealismo en Italia, la "nouvelle vague" en Francia o el cine paralelo de la India, aparecen en los países latinoamericanos grupos de nuevos realizadores que serán autores de las películas más interesantes de esos años y cuya importancia trascenderá su propio contexto. Los abanderados en este periodo son los cines de Brasil y de Cuba. De este último, cabe destacar la presencia además del ICAIC, instituto cubano de formación cinematográfica del que derivarán los mejores exponentes del nuevo cine hecho en la isla.

Entre ellos destaca Tomás Gutiérrez Alea (1928-1996), el cineasta más complejo y completo de su generación. Entre su extensa filmografía llama la atención una película pequeña, de apariencia fría, pero de trasfondo poderoso.

“La muerte de un burócrata” (1966) es una sátira de la burocracia cubana de la época posterior a la revolución y de lo enrevesado que puede ser conseguir cosas aparentemente sencillas. Pese a sus características de una comedia de situaciones, el notable sentido social y artístico de Gutiérrez Alea, lo lleva a construir una fábula de lucha desesperada del ser humano contra un sistema hostil y enrevesado. El laberíntico Estado burocrático está representado en un ambiente de pesadilla, de mal sueño, sofocante y abrumador. Recuerda por momentos las atmósferas planteadas en las novelas de Franz Kafka. 

Estamos ante un personaje, Juanchín, que busca recuperar el carné laboral de su tío recién fallecido para que la viuda pueda cobrar su pensión. Un trámite cotidiano que se transforma en la odisea del sobrino, en un viaje interminable por oficinas, escritorios y funcionarios. La película presenta los males del Estado concentrados en la burocracia que, llamativamente, persiste en plena revolución. De esta manera contradictoria y exquisita se cuestiona las reformas de gobierno, incluso inconscientemente el autor presenta una Cuba diacrónica en beneficio de un buen guión y un mejor argumento, que por lo demás está lleno de gags visuales, además de los físicos que remiten a las comedias silentes de Chaplin, Lloyd, Keaton o Laurel & Hardy.

Ante la negativa y el avasallamiento del sistema, llegará una acción determinante. Acercándose a las ideas revolucionarias, es el proletario –o acaso el individuo– quien derrotará a la burocracia de manera violenta y definitiva. Sin embargo, esto no afecta la película ni la vuelve panfletaria. Como Chaplin, su director es humanista antes que propagandista y el desenlace de la película no deja de ser tan incierto como amargo.

Considerada una obra menor en su momento de estreno, en “La muerte de un burócrata” están las intenciones de un cineasta preocupado tanto por la forma como por los contenidos y que además nunca dejó de experimentar géneros y estilos, como lo demuestran títulos posteriores como “Memorias del subdesarrollo” (1968) o “Fresa y chocolate” (1994). Ello permite descubrir a un realizador prolífico y diverso como queda manifestado en sus influencias. Chaplin, Bergman, Buñuel, Kurosawa, etc. son mencionados desde los créditos iniciales de la película.

 

Puede ver “La muerte de un burócrata” el 06 de setiembre, a las 7:30 p.m., en el Cineclub de Lambayeque (calle Colón 643, Chiclayo). El ingreso es libre.

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