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Hegemonía y contrahegemonía cultural en los tiempos de elecciones

  |   Alfredo Vanini / Viento Norte   |   Octubre 13, 2014

Las recientes elecciones fueron una oportunidad ideal para reflexionar en torno al rol que la cultura ocupa –o debe ocupar– en la vida y desarrollo de una ciudad. Y esta reflexión debe formularse en torno a dos conceptos claves (apenas dos entre muchos otros más): uno, el espacio público y dos,  una forma de práctica cultural distinta a la forma hegemónica institucional.

La noción de espacio público es clave para el desarrollo social y cultural de una comunidad. Toda interacción colectiva en y alrededor del espacio público –plazas, parques, calles–  es lo que hace posible una resistencia al conformismo y posterior adormecimiento de los ciudadanos, apatía que desemboca en el abandono de los asuntos públicos en las pocas manos de los políticos.  Esta interacción producirá individuos quienes, a su vez, formarán casi automáticamente una esfera púbica alternativa que, por ello, no puede ser asimilada por el estado, es decir, eso que conocemos con el nombre de sociedad civil.

Pero cuando se habla de sociedad civil conviene distinguir dos puntos de vista: uno, desde arriba, el otro, desde abajo. Para este artículo, adopto el punto de vista desde abajo, es decir, un punto de vista contrario a aquel de las autoridades de una ciudad, para quienes hablar de sociedad civil implica dirigirse a la elite social y económica de la urbe, es decir, a un segmento hegemónico, privilegiado. Se trata pues de un uso reivindicativo de la expresión sociedad civil: asociaciones de artistas, publicaciones independientes, gremios de intelectuales, todo lo cual, a su vez, generará una acción crítica que equilibrará los varios vectores de gestión en una ciudad.

Dos de los más notables teóricos de la relación entre el poder institucional y la sociedad civil “de abajo”, Chantal Mouffe y Ernesto Laclau, postulan que una radicalización de la democracia –es decir, su extensión y fortalecimiento más allá de la mera participación electoral cada cuatro o cinco años- consiste en dar protagonismo y centralidad a los movimientos sociales-culturales como contrapeso a este súper protagonismo de la praxis política partidaria. Todo ello, siempre según los autores citados líneas arriba –y haciendo una extrema simplificación de una tesis por supuesto mucho más compleja–, dará como resultado una dislocación de la hegemonía en varias contra-hegemonías. Esta es una tarea cuyo campo de acción propicio puede y debe ser la cultura.

Contrahegemonía cultural es distinta a una hegemonía cultural administrada. Y una contrahegemonía cultural se desarrolla en el espacio público, con prácticas concretas que respondan a conflictos y circunstancias concretos.  A menudo, estos conflictos y circunstancias son apenas mencionados por los candidatos a alcaldes y presidentes regionales, quienes se ven obligados a priorizar temas más impactantes mediáticamente, como la seguridad y las “obras”; y estos candidatos, una vez elegidos, dejan de lado todo esfuerzo que implique la praxis cultural de los ciudadanos. Tal vez ello se deba a que saben, o presienten, que cultural significa librar el espacio público a la sociedad civil alternativa, y que ésta dará lugar a la formación de una contrahegemonía que haga balance, cuando no directamente oposición, a su hegemonía cultural administrada.

Sin embargo, una ciudad debe contar con ambas fuerzas, y tanto una como la otra deben de medirse sin destruirse. Demasiado a menudo se lamenta que los candidatos no presenten propuestas culturales, sin darnos cuenta que,  aún si no las presenten, una política cultural institucional y hegemónica ejercerá de forma natural su fuerza sobre la comunidad de ciudadanos. Corresponde a la sociedad civil, a ellas sí, presentarlas y llevarlas a la práctica en el espacio público, posibilitando un equilibrio de fuerzas que toda ciudad que pretenda vivir en democracia debe procurar tener. 

 

Esta columna fue publicada en la revista Locheros, edición número 3 (octubre). La revista la puede adquirir en quioscos del centro de Chiclayo, en la Alianza Francesa (Cuglievan 644) y en Mr Rock (Lapoint 619). 

Imagen: Detalle del arte callejero de Bansky.

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