CULTURA

Un año después de la muerte del gran Saramago

Escritor, poeta, periodista, dramaturgo, una luz del pensamiento. El Nobel portugués partió hace un año y las conmemoraciones no sólo se dieron en Lisboa. Aquí también recordamos al autor de Ensayo sobre la ceguera y otras fundamentales obras.

  |   Alex Neira   |   Junio 19, 2011

En las últimas líneas de un ensayo de Fernando Savater sobre Jorge Luis Borges, éste cita a Chesterton intentando explicar qué es un clásico, y lo hace luego de preguntárselo y de pasada preguntar al lector: “¿Qué es un clásico?”. 


Pedagógico e ilustrativo Savater, antes de responder directamente decide nombrar lo que uno de los escritores que más admira dijo de otro, así también de sus favoritos: “es un rey del que se puede ahora desertar, pero que no puede ya ser destronado”. De esta manera respondió Chesterton en un ensayo biográfico acerca de Charles Dickens. Así pues, para Savater eso mismo que pensó Chesterton de Charles Dickens con relación a qué es un clásico, era Borges. Igualmente se le podría calificar a José Saramago, un clásico en toda la extensión y profundidad que en ciertos casos como estos adquiere la palabra.


Hace dos días, su viuda, la más que periodista Pilar del Río, presentó en Lisboa tres libros sobre él: uno de entrevistas que abarca comentarios acerca de cada uno de sus libros, otro enfocado a niños cuyo formato es el cuento y el relato, y otro referente a los diversos comentarios que personalidades e intelectuales de distintas procedencias dieron en los días venideros a su muerte. 


Ayer se cumplió un año de su adiós, y continúa el pesar, la añoranza, la admiración y la gratitud. Aparecen nuevos movimientos como Indignaos y bastantes se preguntan qué diría Saramago al respecto; y es que hace no mucho leíamos en su blog opiniones que realmente no sabían de eufemismos y reticencias, con una luz de sabiduría y humanidad y a la vez con tal precisión y sutileza para poner en evidencia a embusteros y farsantes, que hacía además de amena y nutritiva su lectura: exquisita, por lo menos estilísticamente. Ya que su caballo de batalla fue discrepar del orden mundial establecido, hacer reflexionar sobre la libertad y la historia, quitar la venda de los ojos en otras palabras, atacando en la medida de sus posibilidades a los responsables de que las desigualdades sociales continúen tan marcadas. Un Nobel comunista hasta los tuétanos, ese fue José Saramago.


Hace unas horas se preparó una ceremonia en el centro mismo de Lisboa, en un jardín frente a la Casa dos Bicos, edificio histórico que representará la sede de la fundación que lleva su nombre. Ahí se sepultó ayer, al pie de las raíces de un olivo “centenario” traído especialmente desde Azinhaga -la aldea en donde nació y creció- nada menos que sus cenizas, junto con tierra de la isla de Lanzarote (España), en donde vivió sus últimos años. 


Asimismo se colocó dos hitos conmemorativos y un banco de mármol donde se podrá leer con una curiosa letra la frase "no subió a las estrellas, porque pertenecía a la tierra", parafraseada de su novela Memorial del convento. Más allá de que en ese banco cualquier visitante podrá disfrutar de la vista, o por supuesto, leer alguno de sus libros.


En su discurso en la entrega del Premio Nobel, allá en 1998, dejó en claro de dónde venía y los hechos y situaciones que marcarían su destino como escritor a la vez que su cosmovisión: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir. A las cuatro de la madrugada, cuando la promesa de un nuevo día aún venía por tierras de Francia, se levantaba del catre y salía al campo, llevando hasta el pasto la media docena de cerdas de cuya fertilidad se alimentaban él y la mujer. Vivían de esta escasez mis abuelos maternos, de la pequeña cría de cerdos que después del desmame eran vendidos a los vecinos de la aldea. Azinhaga era su nombre, en la provincia del Ribatejo. Se llamaban Jerónimo Melrinho y Josefa Caixinha esos abuelos, y eran analfabetos uno y otro”. 


Poco antes de morir se comparó con la llama de una vela a punto de extinguirse, que llamea con intensidad para acto seguido expirar. Y bueno, el hecho de explicarse con tal metáfora era una posible prueba de ello. 


La importancia de no echarlo en el olvido, de releerlo, de recomendarlo, de promover su humanista pensamiento es determinante; no participar en su reconocimiento es sin duda un atentado a la excelencia, aquella que encima se consiguió con un mar de adversidades de por medio. 


Hay una palabra que a pesar de ya no formar parte del diccionario en su sentido primigenio, y de a las justas citarse como uso en un lugar, no sería erróneo aplicársela a José Saramago. Gabuzo. Tipo de palabra que se refiere a un uso perdido, que nombraba una cosa que ya no existe. Gabuzo, vara que se quemaba para dar luz. Es decir, a José Saramago, si se le tuviera que enmarcar metafóricamente en una palabra, más allá de que se podrían utilizar muchas otras, y como plus: vigentes, también se le podría ubicar -como en este caso- entre palabras de usos perdidos.


Él tuvo que quemarse las pestañas leyendo y escribiendo a pesar de todo y ante todo; la luz de su pensamiento duró hasta su último suspiro, y ahora que ya no está hace sentir que perteneció a otro tiempo; de fijo, permaneció en vida como "gabuzo" en estos días, como una palabra desaparecida que de pronto ilumina el pensamiento al enseñarse, y es entonces cuando se comprende que así sea un vocablo sin uso práctico su significado es eterno, asimismo como el del vocablo “clásico”, así como Don José Saramago, para cerrar el círculo.


Hasta siempre, Maestro.


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