CULTURA

Anotaciones sobre un «alcohólico»

Cualquiera se encuentra informado sobre el alcohol, sabe que a pesar de ser legal es una droga muy adictiva, con todo es promovida por los gobiernos a tal punto que su publicidad es la más insistente. Por cierto, ¿quién fue Bill Wilson?

  |   Alex Neira   |   Enero 14, 2012

Por Alex Neira

Nacer, ir entendiendo la realidad conforme se comprende nuestro padre es un… alcohólico; enterarnos poco después se ha ido a un lugar lejano llamado Canadá para no volver, crecer un poquito más para descubrir, irónicamente, nuestra madre ha viajado también, a otra ciudad cuyo nombre es Boston para, asimismo, empezar de nuevo; así,  lamentablemente, nos guste o no será en casa de los abuelos maternos donde debemos permanecer… todo esto no son bendiciones del destino como para generar en un chiquillo autoestima y ganas de amar la vida, de hecho todo lo contrario, qué va.

El nombre de este abandonado niño: Bill Wilson (aunque abandonados fueron tanto él como su hermanita). Otra bendición, por cierto: no creció siquiera en manos de los abuelos por mucho, y es que ya estaban bastante mayores y enfermos… además debió separarse de ese familiar círculo para ir a un asilo, y con la suerte que tenía a un refugio al cabo de un corto periodo, luego a otro, y otro… a tal punto que una férrea timidez y aislamiento lo envolvió. Ya ni bien pudo decidir por sí mismo no es de extrañar se enlistara en el ejército, ese ambiente disciplinario y cargado de compañerismo al final de cuentas.

Pero claro, nunca la existencia ha sido un lecho de rosas, y menos para chiquillos como Bill Wilson, dado que fue ahí en donde para remate conoció el trago, ese vicio que sirvió para justamente definir la vida de su progenitor. Entre cuarteles percibiría por vez primera el encantador vértigo del licor. ¿Edad?, un muchacho de 22 años. Ya se intuirá que le pasó por la cabeza y el corazón; en una palabra: «felicidad». Desde luego, instantáneamente Bill Wilson se entregó al alcohol, a su magia, a su sortilegio que para alguien como él era celestial. Entonado le resultaba fácil hablar, amistades por ese medio encontró en todas partes, los pesares del discurrir se olvidaron con ligereza y, como broche de oro, pudo incursionar en los negocios.

Continuaron las estaciones. Ya en las garras de la adicción compulsiva, y pese a haber hecho caudal gracias a socializar por el trago y su brillante forma de afrontar las vicisitudes empresariales, de repente su vida daría un vuelco. Se enamoró profundamente de Lois Burnham, con quien poco después se casaría, allá en 1918. Por supuesto era correspondido, ya que ella sabía de su lastre y en lugar de abandonarlo se propuso ayudarlo, la loca pretendía alejarlo de esa maldita debilidad. Los Wilson salieron de Nueva York específicamente para que el hombre del hogar olvidara los malos hábitos. Se recorrieron el país entero pero al final la realidad no se alteró demasiado, más bien el dinero con el que contaban se había esfumado, quedando en la absoluta ruina.

El hombre de negocios que tan joven alcanzó un éxito considerable en Wall Street, vuelve con su esposa a Nueva York para sobrevivir de la caridad de los padres de ésta. Entonces bebía por lo regular 3 botellas de ginebra al día, aunque más que nada despertaba tembloroso teniendo que consumir una copa de ginebra seguida de 6 botellas de cerveza para alcanzar estabilidad emocional. Una noche, desesperado, de corazón, tomó la decisión de abandonar el licor, mas está claro recayó. Volvió a intentarlo y lo mismo. Su cuñado, médico de respeto, lo logra internar en el Hospital de Manhattan con la finalidad de desintoxicarlo. Ahí recordaría especialmente a su abuelo, a aquel hombre que le enseñó a amar los libros y la gloria. Lee a filósofos como Carl Jung y Williams James, y asimismo la biblia. 

Renacido regresa a las venas del trabajo emprendedor hasta que un día, ya en Akron, Ohio, tras un muy mal negocio, jodido, decepcionado, entristecido hasta las náuseas, se vio sin más en la puerta de un bar, en la puerta de la tentación extrema, y con la necesidad abismal de beberse siquiera una copita. No obstante el ser humano vive de ideas, y estas antes o después regresan a nuestra mente, así pues recordó aquellas lecciones y conclusiones a las que arribó mientras estaba en terapia allá en el hospital, entonces se dijo: «Sólo si ayudo a otros alcohólicos podré salvarme». Se acordó del doctor Robert Smith, un alcohólico empedernido más que nada, con quien ya en contacto descubrió que sus impulsos destructivos disminuían cuando contaba sus problemas a alguien que padecía su mismo mal.

Hoy en día las fronteras de Alcohólicos Anónimos (A. A.) son 150 países, con más 100.000 Grupos Locales. Decir que han sido miles las personas que han encontrado la luz gracias a la institución sin fines de lucro que formaría el señor Bill Wilson, con ese su primer «paciente», el doctor Robert, es poco; en rigor son millones —de millones—.  En 1935 se fundó oficialmente bajo el lema «Sólo un alcohólico puede ayudar a otro alcohólico». Es increíble, el señor Wilson empezó impartiendo sus primeras sesiones en la casa de los padres de su esposa. Formar parte del grupo no requería (ni requiere) pago alguno ni alianza de ninguna índole, tan sólo querer abandonar el trago y decidirse por contar su historia a los demás integrantes. Eran tan pobres los Wilson en esos días que poco después tuvieron que realizar sus reuniones en un albergue, en una cochera, en un gimnasio, en un jardín…

En 1940, cuando su fama era notable, y como se comprenderá, sufriendo este vicio sean blancos, amarillos o negros, ricos o pobres, se apareció por ahí nada menos que el hijo de, por decirlo así, el dueño de una gran parte del mundo, el magnate Rockefeller, quien quedaría tan sorprendido que procuró ayudar a la causa. Lo más curioso fue que nada más sería con 40 dólares a la semana, ya que como dijo el mismo Bill Wilson: «Más hubiera corrompido nuestro espíritu».

Desde aquella vez cuando fue internado en el Hospital de Manhattan el señor Wilson no volvió a beber, ciertamente vivió 36 años evitando recaer. Además se volvió escritor, un prolífero escritor de libros de superación personal, relacionados con el alcoholismo. Ya desde el primero Los doce pasos la acogida fue especial, y es que quién no conoce a alguien sufriendo este mal, este flagelo del mundo. Y todo empezó y sigue empezando así: «Hola, me llamo Bill y soy alcohólico…».

 

Foto: Bill Wilson y Lois Burnham ya en sus últimos años. A pesar de las crisis económicas y decepciones del vicioso compañero ella nunca lo abandonó, de hecho fue la fundadora de Al-Anon, un grupo dedicado al auxilio de amigos y familiares de alcohólicos.

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