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Una temporada es suficiente

  |   Gerardo Carrillo / Chiclayo Paradise   |   Mayo 31, 2013

 

Después de algunas semanas te vi partir. Lastimarte era un resultado inevitable que encontrarías con el tiempo. A veces es mejor desgarrarse al principio. Una herida profunda es mejor a una muy profunda si no sabes estar contigo misma. Es preferible caer en el primer o segundo asalto, que en el décimo demolida y sin esa corona finalmente efímera. Al menos, si el masoquismo no te desnuda. Igual no olvides que todos en algún momento somos huéspedes de las sombras. Recogemos las hojas secas que otros dejaron en el camino aciago. Pero en aquella época no lo entendiste, no lo aceptaste, y preferiste el falso odio.

Ahora tus ojos me miran con reserva en cada saludo, algo lejanos y molestos, dirí­a que todaví­a hasta algo tristes. Y por la forma de hablarme, diría que la amargura ha hecho una buena guarida en tus furias. Y ni los tipos con los que aún intentas demostrarme tu revancha evitan que brevísimos temblores se manifiesten en tu cuerpo con la leña perfecta para estas oraciones escritas, indiscutiblemente, bajo las reglas del dolor.

Debes olvidarme. En el fondo, sin el traje del héroe o del antihéroe, soy un arrebato constante, un libertino desvelado, un con-cha-de-su-ma-dre. Un maníaco depresivo, como dirí­a un gran amigo. Una bala perdida, como diría mi ex suegra. Diablo. Demonio. Satanás. 6-6-6. Debí­ convertirme en un serial killer para “los de la infancia“, o en un maldito terrorista… y tan solo soy un hombre que desde niño cruzaba las puertas para respirar un poco de los vientos escondidos del miedo.

Y ahora bebo, fumo, aspiro siempre a más cosas. Tomo de los cactus, de los árboles, de las flores del mal. De la tierra sabia. De las fuentes eufóricas de la piel y la mente. Sí­, me apareo en el bosque estelar. Me divierto con la envidia y el asombro. Y siempre una tentación se inclina para ofrecerme su superabundancia con esa cuota feliz e irrenunciable del peligro.

Entonces sé astuta como algunas, a lo mucho quédate solo por temporadas si algún cable roto te impulsa a volver. Así­ sea una temporada como el infierno de Rimbaud. Embárrate para que sientas lo útil que es encontrarte sola y sin sentido. Sé hambrienta, libera tus cinturones, muerde mi pecho, trépate a la emoción pasajera. Aúlla en medio de tu condena. Y sé feliz al filo del volcán hasta que la melancolí­a desgaste tu rostro. Total, como dice ese dios de la verdad, Baudelaire: “¿Qué importa la condena eterna si en un momento encontraste el goce de lo infinito?”.

 

 

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