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Aullido perdido

  |   Gerardo Carrillo / Chiclayo Paradise   |   Julio 31, 2015

Aquella tarde se suponía que tan solo no presentaría a uno de mis poetas peruanos favoritos, en aquella ocasión estaría en el escenario y me sentaría junto a él a leer poemas que quizás no alcanzarían jamás el vuelo de quien yo consideraba un verdadero maestro en construcción literaria y periodística, y no un simple mortal que pelea con las palabras hasta hallar y tallar la elevación.

A tres días del evento, viajé a una playa cercana a escribir algo nuevo y revelador, de una calidad que quizás aún no había aspirado antes. Entusiasmado tardíamente por la oportunidad de leer al lado de alguien que yo considero de gran valor, incluso practiqué las palabras que le dedicaría a ese guía que alguna vez ganó el último premio Poeta Joven del Perú. Caminé por la arena que alguna vez pensé fue suya y de la que él había escrito con tanta inspiración.

Aquellos días fueron absolutamente adecuados, un aire liberador revitalizó mis entrañas. Los paseos entre el hostal y la playa para comprar algún trago me permitieron renovar mis escenarios. Mis pasos frescos frente a innumerables grafitis, entre calles estrechas, incentivaron mi imaginación; lejos ya de ese cuarto depresivo en el que transcurría mi vida.

Fue justamente el vacío, el sinsentido, la melancolía, el desgarro espiritual los motivos por los que había decidido dejar de escuchar los pasos que van y vienen más allá de la “habitación minúscula”. El encierro había llegado a terminar con la fuente de las ideas. Había llegado a la cúspide del dolor y la desesperación. Era hora de salir a navegar. A encontrar otra vez el mundo más allá de los libros, de la angustia en forma de lágrima, de las noches mirando telarañas.

Fue en el último día en el que me senté a escribir. Una noche antes de la presentación todo brotó sin mucho esfuerzo. Pensé que sorprendería al gran poeta con aquellos destellos poéticos que comencé a escupir. Después de una ardua lucha retocando, dejé los versos listos y partí a Chiclayo. Cuando llegué a la puerta me encontré con los poetas más prisioneros del alcohol. Sin chistar propuse comprar unas botellas de cerveza. Luego de estar un buen rato en la bodega de la esquina más cercana, decidimos beber en la puerta del local institucional en el que se desarrollaba el evento. Uno a uno los que salían de leer y los que llegaban a compartir sus textos fueron incrementando la presencia en la entrada. Allí se congregaron Domingo, Héctor, Mesías, Blanca, Alex, César, entre otros artistas. Los tragos comprados, y uno que otro robado, se multiplicaron.  Se armó un pequeño bar callejero.

De pronto, Luis Eduardo, el poeta admirado, bajó de un taxi y se acopló al grupo sin beber ni fumar a pesar del ofrecimiento de varios. La conversación de todos fluyó entre los autores que por entonces cada uno leía. Al rato, con la ecuanimidad que lo caracteriza, decidió marcharse con los pasos de un padre responsable para esperar el turno de su lectura.

Yo, en cambio, me quedé batallando con el alcohol, el placer y la autodestrucción. Sin embargo, la belleza de esa tarde noche varió drásticamente cuando al fin me tocó leer junto a Luis Eduardo y un par de poetas más. Cuando me acerqué a la puerta, el guardián había decidido en ese instante no permitir a nadie más ingresar oliendo a alcohol. Discutimos por un momento y, al ver que ni los organizadores podían hacerme ingresar, dejé de insistir. Habían perdido la autoridad sobre ese local prestado y que en unas horas dejó de ser formal. Volteé lamentándome por perder mi pequeño momento histórico, por joderles el evento a mis amigos, y me alejé para seguir bebiendo. 

 

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