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Tsunekichi: travesÃas de un pionero japonés en el Perú

| Cindy López / Conversaciones con el Perú | Junio 09, 2015
Encender la televisión y ver animes como “Dragon Ball Zâ€, “Narutoâ€, “Sailor Moonâ€, entre otros, es para muchos niños y jóvenes una de las referencias principales que tienen de Japón como lo puede ser “Karate Kidâ€, los samurái y los ninjas para los adultos.
En Lima, el Centro Comercial Arenales y el Centro Cultural Peruano Japonés son lugares de encuentro de muchos peruanos amantes de la producción animada y cultura nipona. Luis Rocca
Esta atracción por la cultura japonesa responde, a parte vivir en una sociedad globalizada y conectada por el Internet, al transcurrir de nuestra historia.
Súbditos del emperador japonés en el Perú
El Perú, al igual que muchos paÃses sudamericanos, recibió a inmigrantes japoneses debido a que su paÃs natal sufrÃa de una crisis económica y estaban ávidos por trabajo.
En 1874, llegaron los primeros trabajadores japoneses que se dedicaban a la artesanÃa. Sin embargo, la inmigración oficial de japoneses se dio en 1899 con el arribo de la embarcación "Sakura Maru". Ello gracias a dos gestores: Augusto B. LeguÃa (quién aún no era presidente) y Tanaka, el primero considerado representante de los empresarios costeños y el segundo como representante de las compañÃas de inmigración japonesa
No hay duda que al llegar al Perú los japoneses buscaron lugares, comidas, algo que menguara su tristeza por dejar atrás su terruño, pero siempre acompañados de la práctica de sus costumbres y el cultivo del código moral de Bushido.
Esto explica, por ejemplo, porque la Quinta Heeren fue escenario del ritual del seppuku (popularmente conocido como harakiri), muestra álgida del Bushido que fue realizada por Seguma Kitsutani en defensa de su honor en el año 1928.
Pero esta práctica no sólo se dio en Lima sino también en Chiclayo. Geniche Mitaray realizó el seppuku en un centro comercial ubicado en el centro del departamento norteño en el año 1917. El documento de su acta de defunción se encuentra en el Archivo Departamental de Lambayeque. (Rocca, 1997).
Esta práctica no debe ser entendida como un simple suicidio, ya que el seppuku era una institución legal o ritual. Según el escritor japonés Inazo Nitobe, este acto se basaba en la idea que “el abdomen encerraba el almaâ€. En pocas palabras, con el seppuku se abre la morada del alma y hace ver a todos si está manchada o pura.
Esta manifestación responde a una tradición budista del cuerpo humano, la cual considera que el vientre o “hara†es el microcosmos del hombre, centro fÃsico del cuerpo y asiento del alma, donde residen la voluntad, la generosidad, la ira, etc.
La vida de todo migrante siempre tiene anécdotas y los japoneses afincados en tierras peruanas no son la excepción. Por ello, entre tantas historias, sintetizo la vida de un pionero japonés que llegó al Perú con el “Sakura Maruâ€, quien además en sus relatos detalla cómo conoció inclusive al futuro presidente del Perú: Augusto B. LeguÃa.
Tsunekichi Ooshige
Tsunekichi nació el año de 1878 en la ciudad de Yanaishi, con lo que se convirtió en uno de los seis hijos de Ooshige Tomosaburo y Shika.
Shika, hija mayor de una familia samurái, fue criada como varón hasta los 12 años (fecha en que nació su hermano) por ello aprendió artes marciales y recibió educación regular. Su lema era que un hombre por ningún motivo debÃa llorar. Sin embargo, contra la idea de su madre, Tsunekichi no pudo evitar llorar ante las desgracias.
CorrÃa el año 1889 cuando Tsunekichi (de unos 11años) se encontraba en la ciudad de Kokura, cuando se enteró que su madre se encontraba grave de salud. Sin dudarlo, volvió de inmediato a su ciudad natal. Grande fue su desazón cuando Shika –lejos de alegrarse– mostró su enojo al ver a su vástago regresar dejando sus responsabilidades de lado, asà que le ordenó volver de nuevo a Kokura. Tsunekichi, obedeciendo a su madre, se dirigió a la estación cuando de pronto un conocido se le acercó corriendo para decirle que era urgente que volviera a casa. Cuando llegó su madre acababa de fallecer.
A los 17 años decidió ser parte de la Marina. Superó todas las pruebas para ingresar, pero las condiciones de su dentadura, hizo que lo eliminaran de la selección. Ese fue el momento de quiebre, el momento de soñar, el momento de desear: Tsunekichi debÃa cruzar los mares, asà sea emigrando.
Un dÃa cuando se encontraba en Yanai, se encontró con Momoi-san, la madre de un amigo. Ella le comentó que habÃa una empresa que enviaba japoneses al extranjero para trabajar, a un paÃs llamado Perú. Tsunekichi no conocÃa nada sobre ese paÃs, pero tenÃa a su favor que su amigo (hijo de Momoi-san) también viajarÃa, asà que no lo dudó y decidió la aventura.
El barco estaba programado a partir en tres dÃas. Esto obligó a Tsunekichi a hablar de inmediato con su padre. El padre no pudo luchar contra el espÃritu viajero de su hijo y decidió respetar su decisión. Al ver que su hijo alistaba su maleta, el padre se acercó con una olla arrocera (la misma que él usaba cuando era soltero) y le pidió que la cuide y que cada vez que la usara recordara a él y a su promesa de volver.
Tras 36 dÃas de travesÃas por el Océano PacÃfico, el "Sakura Maru" llegó al Callao un lunes, exactamente el 3 de abril de 1899. Los japoneses aún dentro del barco miraban aquella tierra que les iba a albergar, seguramente tenÃan tantas dudas como miedos ¿a dónde los mandarÃan?, ¿qué condiciones de trabajo recibirÃan?, ¿cómo se comunicarÃan si sólo sabÃan la lengua nipona?
Poco a poco la tripulación iba desembarcando en diferentes zonas de la costa peruana como Cañete, Callao, etc. A Tsunekichi lo dejaron en la Hacienda San Nicolás en Supe (al norte de Lima). El dueño de aquella hacienda norteña era un inglés y su capataz un japonés. Se le brindó a cada trabajador unos vales para que compraran lo que necesitaban en las tiendas de los chinos.
Los japoneses, como todo migrante que se adapta a una nueva cultura, se toparon con la criollada de los peruanos y otros extranjeros –ya habituados a la idiosincrasia peruana–. AsÃ, Tsunekichi cuenta que:
“Una vez uno de mis compañeros habÃa comprado un recipiente de loza floreada, con asa y tapa del mismo material. Contento regresó para contarnos a todos, decÃa que era ideal para depositar el arroz cocido (gohan) en reemplazo del “Ohitsu†que se usa en Japón y es de madera. Muchos salieron a comprarlos hasta que se agotaron. Pero cuando ya estuve trabajando en Lima me di cuenta que eso era un “bacÃn o bacenicaâ€, que ahora sabemos cuál es su uso.â€
A 3 dÃas de haber llegado a la hacienda, se ordenó a los hijos del sol naciente a limpiar la bocatoma del rÃo. Por lo alejado del lugar, se vieron obligados a acampar en aquel espacio, lo cual se convirtió en un infierno pues tenÃan que luchar contra la inclemencia del calor, los mosquitos y los zancudos. Algunos regresaron enfermos de paludismo o diarrea, por lo que tuvieron que ser hospitalizados. Estas condiciones hicieron que muchos decidieran renunciar al trabajo.
Contrario a la idea de la mayorÃa, Tsunekichi estaba complacido con su trabajo, él pensaba que a dónde irÃa el trabajo serÃa duro, tal como se lo decÃa un amigo de avanzada edad llamado Gooda Kumakichi. Como él no tenÃa intención de abandonar la hacienda de Supe, veÃa tranquilamente como sus amigos subÃan al tren para marcharse. En eso, uno de sus amigos de Yanai le gritó: ¡ven!, ¡sube, ya tenemos tus cosas dentro del tren!
¡Sus cosas! Tsunekichi corrió hacÃa al tren con la intención de recoger sus cosas y bajar para volver donde su viejo amigo y su empleador, pero ya no lo pudo hacer. El tren ya estaba en marcha. Entonces, triste por abandonar a su amigo, se quedó a revisar sus cosas y no encontró su objeto más preciado: la olla arrocera regalada por su papá. Por muchos años Tsunekichi no pudo olvidar ese agrio momento.
Asà de Supe se trasladaron al Callao, donde los esperaba la CompañÃa Marioka, la cual los llevó a una casona en la calle Colón. Allà no les permitÃan salir y eran vigilados por un gendarme (la actual policÃa). Como todo buen peruano, el gendarme vio en el encierro de los japoneses la oportunidad de hacer cachuelos.
En una oportunidad les vendió varios pares de medias largas que llegaban hasta el muslo. Como hacÃa frÃo, todas las medias se vendieron como pan caliente. En ese momento ellos no supieron que eran medias para mujeres. Pero en estas situaciones, los japoneses también tenÃan sus momentos pÃcaros. Asà cuenta nuestro viajero:
“Una vez le pedimos al gendarme que comprara un plátano, éste fue a la tienda y lo trajo; vino otro, pidió igual y lo trajo. Fue 3 o 4 veces más a la tienda hasta que se dio cuenta que le estábamos tomando el pelo y ya no quiso aceptar (…) dÃas después trajo un manojo de plátanos, pero nadie le compró†y se rieron a mandÃbula batiente.
Aproximadamente a medio año, el señor Teikichi Tanaka vino con una persona para señalar a qué lugares irÃan a trabajar los japoneses reunidos. Esa persona era Augusto Bernardo LeguÃa Salcedo (futuro presidente del Perú en los años 20).
Todos hicieron filas para que les asignaran un lugar de trabajo, Tsunekichi con sus amigos acordaron ir a trabajar a Chanchamayo. Todos estaban en fila india, hasta que un chico le dijo a Tsunekichi que se fijara de la cocción del arroz pues ya olÃa ha quemado. Entonces él decidió ir agazapado para que nadie se fijara de su acción, pero el señor Tanaka se percató de su retiro, por lo cual se vio obligado pedir disculpas y explicar el motivo.
Al oÃr esto el señor Tanaka intentó desanimarlo diciéndole que en la selva no encontrarÃa comodidades. El lambayecano LeguÃa, quien escuchaba atentamente, intervino y le propuso que se quedara a trabajar en Lima, especÃficamente en la casa de la novia de su primo, llamada Mercedes Ayulo. El señor Tanaka tradujo la proposición y Tsunekichi decidió aceptar.
En la casa fue bien recibido y conoció al Dr. Alejandro Puente Salcedo, el novio.
En ese transcurrir se enteró de la muerte de su padre, quien vivió preocupado hasta el último momento por la calidad de vida de su hijo. Eso entristeció a Tsunekechi, ya que recordó que una vez le envió dinero como muestra que le iba bien, sin embargo, nunca le llegó por malos manejos de los trabajadores de la CompañÃa Morioka.
La compatibilidad entre la familia Salcedo-Ayulo y Tsunekichi era muy buena y fraternal. La familia le otorgó permiso a Tsunekichi para que retornara a Japón, en el segundo viaje (en el año 1917) se casó con Masumoto Shun, con quien tuvo cuatro hijos.
Regresó al Perú y se dedicó a trabajar en otros lugares. En sus cartas, ya anciano Tsunekichi Osbige, recordaba con gran gratitud a todos los que se presentaron en su vida: al Dr. Alejandro Puente, Mercedes Ayulo, al capataz inglés con quien trabajó en la Hacienda San Nicolás, al señor LeguÃa y a su compatriota Tanaka. Recuerdos de un hombre que nos demuestra que trazarse las metas es un paso para alcanzarlas si nos proponemos a ello.
BibliografÃa:
Morimoto, A. (1999). Los japoneses y sus descendientes en el Perú. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú.
Rocca, L. (2002). El espÃritu Samurai en la Quinta Heeren . Lima: Ausonia S.A.
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