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El Perú: refugio croata

| Cindy López / Conversaciones con el Perú | Octubre 28, 2015
Los croatas han estado junto a nosotros en diversas provincias: Callao,
Lima, Cerro de Pasco, Huánuco, entre otras. ¿Desde cuándo? Desde la época
de la conquista, pero en poco número. La mayorÃa provenÃa del puerto de
Dubrovnik, ciudad de tradición migratoria porque sus habitantes eran marinos cuya única posibilidad de desarrollo estaba dada por los viajes marÃtimos, a
diferencia de los pobladores al interior de Croacia
Antes de la Segunda Guerra Mundial el motivo de inmigración para los
croatas fue el económico. Sin embargo, la inmigración
croata que llega al Perú en 1948 ya no se moviliza por el factor económico sino
por razones polÃticas, después de la guerra. Otra diferencia fue que la mayorÃa
de esta población fue del interior de Croacia.
La guerra civil que se vivÃa en la República Federal Socialista
Yugoslavia (un conglomerado de seis repúblicas regionales -entre ellas Croacia-
y dos provincias autónomas) por aplastar movimientos nacionalistas habÃa
obligado a muchos croatas a huir. “El éxodo croata estuvo compuesto no sólo por
los soldados sino también por civiles. La mayorÃa salió a través de la frontera
con Austria, otros cruzando la frontera con Italiaâ€
El éxodo de estos europeos fue penoso por la falta de medios de
comunicación. Al finalizar la guerra los ferrocarriles estaban casi
inservibles, las carreteras interrumpidas y los medios de transporte eran muy
escasos. La mayorÃa de los que salieron lo hicieron a pie.
Pero ni la llegada a Austria ni el sufrimiento para llegar a ese
territorio eran sinónimos de salvación. En Austria, los croatas se entregaban a
los aliados, quienes los veÃan como prisioneros de guerra y los devolvÃan a Yugoslavia,
lo que para muchos nacionalistas croatas significó la muerte, pues eran
fusilados. Si se salvaban de aquel fatal destino, el regreso a su paÃs
significó la marginación social e inclusive el trabajo forzado.
Lo que logró atenuar esta situación fue la intervención del Vaticano y
la rectificación posterior de la polÃtica inglesa sobre la situación de los
refugiados de guerra para no devolverlos
a su lugar de origen.
Ante la presencia de refugiados de guerra en Europa (entre los que se
encontraban los croatas) se generó un problema de ubicación y
alimentación. Asà las Naciones Unidas
intervinieron para acogerlos a través del UNRRA (Comité Intergubernamental de
las Naciones Unidas para los Refugiados, con sede en Londres). Luego, en 1947
el UNRRA fue reemplazado por la Organización Internacional de los Refugiados
(IRO). Este organismo tomó contacto con varios paÃses que estaban interesados
en recibir inmigrantes, uno de ellos el Perú. El 25 de julio de 1947 el
representante del Perú ante las Naciones Unidas suscribió “ad referéndum†la
adhesión del gobierno a la nueva organización de refugiados (IRO).
La mayorÃa de los croatas que llegaron al Perú en 1948 estuvo en Italia
desde 1945. Algunos habÃan sido inicialmente prisioneros de guerra, sobre todo,
en los campos de concentración controlados por el ejército inglés.
A continuación, conoceremos a Tugomir gracias al libro escrito por
Stjepan Fistrovic (oficial croata que también vivió y sufrió en un campo de
concentración).
Tugomir, entre el temor
y la esperanza
Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de croatas se encontraban en
el campamento de refugiados de Bagnoli (Italia), entre ellos Tugomir.
Muchos de ellos se encontraban en ese campamento pues huÃan del peligro
que se vivÃa en Yugoslavia. Para Tugomir la existencia era un costal de
incertidumbres, sin embargo, el tener y proteger a su único hijo eran razones
suficientes para seguir viviendo.
Los dÃas pasaban con cierta calma en el campamento. De repente, la noche
apacible del 3 de mayo de 1947 se vio interrumpida. Todo el campamento se iluminó
como si fuera de dÃa. Eran las luces de los camiones de los soldados ingleses,
quienes armados de porras y fusiles se apresuraron por rodear a los croatas.
Todos se sorprendieron y tuvieron el claro presentimiento que una desgracia se
acercaba.
Aquel presentimiento se confirmó cuando ingresó un oficial inglés
portando una lista en la mano que tenÃa escrito los nombres de las personas que
serÃan llevadas por ellos (ningún refugiado sabÃa a dónde). Mujeres y niños
lloraban, los varones sudaban frÃo, cada quien rezando de no ser llamados. Se escuchaban los nombres y los hombres
cabizbajos se reincorporaban para hacer una fila rumbo a lo desconocido. Entre
ellos fue llamado Tugomir, al escuchar su nombre se levantó y fue sacado a
empujones del campamento. No tuvo tiempo de despedirse de su hijo ni de sus
compañeros.
Al terminar la cacerÃa, los ingleses volvieron a los camiones y se
dirigieron a Nápoles, con un grupo de croatas esposados. Al llegar a la ciudad
todos fueron subidos a un tren. Todo era preocupación y dudas, temÃan ser
llevados a Yugoslavia donde la muerte era el desenlace seguro. Cuando el tren
por fin llegó a su destino final, los croatas respiraron con cierto alivio.
HabÃan sido trasladados a Roma.
De allà fueron conducidos a pie hacia la calle VÃa Tiburtina, rumbo a la
cárcel de los criminales de guerra. Antes cuartel del ejército italiano. Grande
fue la sorpresa al entrar a las celdas pues se encontraron con otros croatas apresados
por toda Italia. Muchos eran médicos, profesores, oficiales de alto grado.
Todos acusados de ser criminales de guerra.
En realidad, ellos no eran comunistas y habÃan participado en
asociaciones católicas. Los soldados ingleses los entregaban a Yugoslavia. Al
fin y al cabo los aliados no perdÃan nada y obligaban a los comunistas yugoslavos
a un favor recÃproco.
El miércoles era el dÃa en que los presos croatas recibÃan visitas,
quienes aprovechaban en llevarles limas, lijas u otros objetos que les ayuden a
fugar de sus celdas. Para ello, el sacerdote croata Osvald (que también estaba
recluido) dirigÃa el Santo Rosario y los presos seguÃan las plegarias en voz
alta mientras un compañero limaba los barrotes de la ventana.
Llegó el momento de huir. Un miércoles por la noche se coordinó la fuga,
uno a uno los presos fueron escapando –ya iban 10 presos– hasta que llegó el
turno del anciano profesor Marovich, quien cometió del error de fugar cargando
un maletÃn. Cuando se encontraba descendiendo, sosteniéndose de una cuerda,
Marovich desconfió de su fuerza y pidió que lo devolvieran a la celda. En ese
momento, por la posición incómoda en que se encontraba, se le escapó el
maletÃn, ocasionando un estrepitoso ruido que alarmó a todos los soldados
ingleses. Tugomir fue uno de los infortunados que se quedaron en la celda.
El profesor no sabÃa, pero ese evento fue su única posibilidad de huida,
ya que después fue entregado al régimen comunista de Yugoslavia y terminó
asesinado.
Tras ese incidente, los ingleses fueron más rÃgidos en su trato. Se prohibió
la práctica de la misa y las visitas en aquella prisión italiana. Los
prisioneros de guerra estuvieron más aislados y depresivos que nunca. Asà pasó
dos meses sin ningún cambio trascendental. Hasta que en una tarde un soldado
despertó a todos los presos y con una lista mencionó que todos los nombrados
debÃan prepararse para salir de la prisión.
De la celda de Tugomir, llamaron a todos menos a él, cuando llamaron a
su último compañero presintiendo que no serÃa llamado le encargó que saludara a
su hijo y que le aconseje no perderse en la vida. La pena más grande para Tugomir, no era estar
encerrado, sino el hecho de no ver a su hijo (quien no podÃa viajar para verle
porque no poseÃa dinero).
El tiempo pasaba, hasta que llegó el dÃa en que todos los prisioneros
que restaban fueron sacados a los pasillos, en donde les entregaron una
cuchara, un cacharro de metal y fueron llevados en camión rumbo a la estación Termini
de Roma.
Era el 7 de julio de 1947, el tren se puso en marcha y todos volvÃan a
temer lo peor: ser entregados a Yugoslavia. No se equivocaban. Aquel tren era
un vehÃculo de la muerte pues tenÃa el encargo de llevarlos a la frontera de
ese paÃs, sin embargo, la intervención del Papa, pudo cambiar en el último
momento esa decisión. Asà terminaron siendo conducidos a una cárcel alemana.
Tras tres dÃas de viaje se encontraron en Esterwegen, un antiguo campo de
concentración nazi, que en aquellos años fue convertido en una cárcel aliada. AllÃ
se les acercó un suboficial inglés de uniforme azul y en un alemán mal hablado
les dijo:
“Ustedes, desde este momento, pertenecen a una prisión alemana bajo la
supervisión aliada, para compartir la suerte de los criminales de guerra
alemanes (…) Los reglamentos de la cárcel son severos y cualquier intento de
huÃda se castigará con la pena de muerteâ€
En la cárcel el ambiente se hizo más tétrico, no sólo habÃa prisioneros
polÃticos sino también prisioneros comunes, encima, las raciones de comida escaseaban.
Por eso, cuando los penitenciarios les dieron propuestas laborales a cambio de
alguna porción de comida, todos los presos no tardaron en asentir.
Tugomir y sus compatriotas fueron designados para la limpieza del canal
de desagüe de la prisión. Una vez trabajando en el campo, se acabó el agua.
Cuando todos habÃan dejado de trabajar por la sed, el guardÃan Stein confiando
en Tugomir, le dijo:
“…el único lugar donde podemos encontrar agua es aquella casa. Yo tengo
confianza en usted y si le mando a que nos traiga un poco de agua para todos,
estoy seguro, que usted no aprovechará
la ocasión para huir. Veo que todos sufrimos sed. Me basta su palabra de
oficial croata para saber que volveráâ€
Tugomir, ante la gran responsabilidad, prometió volver dando su palabra
de honor. Por primera vez, después de
tanto tiempo se encontraba solo. A cada paso que daba, las tentaciones para
aprovechar la oportunidad eran mayores, pero al mismo tiempo la voz de su
conciencia resonaba más obligándole a cumplir lo prometido.
Después de vaciar el recipiente rápidamente, habÃa que devolverlo, tarea
que de nuevo le encomendaron. Esta vez, cada paso que daba estaba acompañado de
una voz que le gritaba: ¡Libertad!
En esta ocasión no habÃa dado su palabra de honor. Sin embargo, en su
cabeza repetÃa: “El honor, no puede haber libertad sin honorâ€. Volvió al grupo de prisionero meditando sobre
la honradez y el orgullo.
Pasaban los dÃas, Tugomir era testigo de cómo sus compatriotas morÃan
enfermos dentro de los campos de concentración, pero en medio de la desgracia
apareció un bienhechor: Nikola Mrksa, croata de pequeña fortuna.
El sacerdote de la prisión habÃa hecho contacto con él y le contó la
miseria que pasaban sus compatriotas en la prisión. Asà que decidió pagar a un
hornero cerca de la prisión para que todos los sábados enviara un pan grande a
cada uno.
El primer dÃa que llegó el regalo de los panes a la prisión, Tugomir
recibió una carta de su hijo, quien le informó sobre su decisión de emigrar al
Perú. Le escribió desde el barco “General Black†que partió del puerto de
Nápoles.
Si bien Tugomir sabÃa que su hijo estarÃa más seguro en el Perú, no pudo
evitar que la pena se apoderara de él y dijo: “Definitivamente nos hemos
separado para siempre, hijo mÃoâ€
Al mismo tiempo, otros presos iban recibiendo cartas enviadas desde
Italia con parecidos tenores. Sus familiares y amigos les avisaban que se iban
al Nuevo Mundo. La prisión se envolvió aún más en un ambiente de tristeza pues
los croatas tenÃan la esperanza de reunirse con sus familiares pues vivÃan en
Europa, pero ahora aquel viaje transoceánico hacÃa más difÃcil la
concretización de ese sueño.
En el año 1948, empezó a correr el rumor de extradición a Yugoslavia
para los croatas. Frente a este hecho decidieron hacer un túnel de dos metros y
medios de profundidad y un metro de diámetro. A pocas horas de huir, los
carcelarios descubrieron el túnel. ¿Cómo? En el último momento un preso común
los delató.
Pasaron los dÃas, algunos presos fueron liberados, otros llevados a
Yugoslavia para ser sentenciados a muerte. Tugomir seguÃa encerrado, hasta que
un dÃa él junto a sus compañeros fueron informados de su libertad y fueron enviados
a unos cuarteles militares ubicados en Ligen an Ems.
Al llegar a ese cuartel para refugiados, su alegrÃa se vio opacada al
darse cuenta que aquel lugar de residencia temporal tenÃa las paredes con letreros
anticroatas. En el pueblo residÃan serbios quienes no disimulaban su
contrariedad frente a la presencia croata.
Se acercaba la noche y los recién liberados no podÃan permanecer en ese
lugar por el peligro que corrÃan sus vidas.
Intentaron buscar trabajo en las aldeas vecinas para poder solventarse y
comprar boletos de trenes para irse a diferentes destinos, pero los campesinos
no podÃan darles trabajos, sólo alimentos.
Al dÃa siguiente, Tugomir se empezó a sentir desesperado y entristecido.
Intentó viajar, pero sin dinero todo resultó inútil. El dÃa era lluvioso y, sin
darse cuenta, vagaba por las calles. Cuando deambulaba por la orilla del canal
Ems, se sentó en un banco mientras su ropa de preso se iba mojando.
En ese momento, apareció un hombre cubierto con su impermeable de goma que
miró a Tugomir. Vaciló en acercarse hasta que pareció ocurrÃrsele alguna idea.
Se sentó cerca de él y, tras unos
minutos en silencio, le empezó a hablar sobre la lluvia y del mal tiempo.
Tugomir respondió a sus comentarios, lo cual dio pie a que el hombre le
preguntara quién era y de dónde venÃa. Tugomir le contó todas sus penas, sobre
sus compañeros en los campos de concentración y sobre la incertidumbre de su horizonte.
Cuando terminó de hablar el hombre extendió su mano y se presentó.
Era August Klubert, médico y propietario en aquella ciudad, exoficial
del ejército alemán y también habÃa vuelto de un campamento de prisioneros de
guerra hace poco tiempo. ComprendÃa cómo se sentÃa Tugomir y por eso querÃa
ayudarle.
August llevó a su casa al croata, donde fue presentado ante su esposa y
sus pequeñas hijas. Luego, le dio una cajita y grande fue su sorpresa cuando al
abrirla encontró ropa nueva. Ya no usarÃa más aquel traje de preso.
En la tarde, luego de un ameno lonche, el doctor Klubert se marchó a la
ciudad para atender sus negocios, la esposa se despidió para hacer sus
quehaceres domésticos, por su parte, Tugomir, se dirigió de nuevo al canal y se
encontró en el mismo banco donde hacÃa sólo unas horas estaba desesperado. Le
embargaron una multitud de pensamientos, pero todos terminaron en una sola
frase: “Dios es grandeâ€
DÃas y meses pasaron y ya en 1949 el campamento de refugiados de Lingen
se llenó de exiliados de todas partes de Europa. Distintas comisiones del IRO
(Internacional Refugee Organization) trabajaron escogiendo gente sana para
trabajos fÃsicos en distintos paÃses transoceánico. No importaba tÃtulo y diplomas
intelectuales, todos se presentaron por trabajos manuales sin condición,
esperando encontrar comprensión y colaboración en algún paÃs occidental.
Por ejemplo, Australia aceptaba refugiados si algún pariente o amigo que
residÃan en paÃses transoceánicos podÃan ofrecerle alguna garantÃa. Tugomir
decidió postular, pasó el examen médico sin ninguna objeción y cuando ya estaba
en la fila para presentarse al representante australiano, un enviado del
campamento le entregó una carta certificada y con carácter de urgente
procedente del Perú.
Era la carta de su hijo, quien ya vivÃa en el Perú tres años. Tugomir se
llenó de alegrÃa al recibir noticias de su hijo. La abrió con manos temblorosas
y halló documentos para emigrar al Perú. La alegrÃa se apoderó de él, se
encontrarÃa con su hijo. Inmediatamente fue donde los representantes de la IRO,
que le devolvieron a Ligen, dÃas después, recibió orden de trasladarse a
Hamburgo y presentarse al cónsul peruano, el cual le dio el visado necesario.
Tugomir partió rumbo al Perú en noviembre de 1950 y realizó un largo
viaje: en tren desde Hannover, a través de Alemania y Suiza, hasta el puerto
italiano de Génova. Ese fue el último recuerdo triste de aquella Europa.
Tugomir al llegar al Perú empezó una nueva vida de trabajo acompañado de algo
valioso para todo hombre: la familia y la paz.
BibliografÃa
Bonfiglio, G. (2001). La presencia europea en el Perú. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú.
Burin, M. (2009). La familia croata en el Perú. Lima: Quebecor Wolrd Perú S.A.
Sabolovich, S. F. (1959). Y mañana... que será? Lima: Mercagraph.
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