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El Perú: refugio croata

  |   Cindy López / Conversaciones con el Perú   |   Octubre 28, 2015

Los croatas han estado junto a nosotros en diversas provincias: Callao, Lima, Cerro de Pasco, Huánuco, entre otras. ¿Desde cuándo? Desde la época de la conquista, pero en poco número. La mayoría provenía del puerto de Dubrovnik, ciudad de tradición migratoria porque sus habitantes eran marinos cuya única posibilidad de desarrollo estaba dada por los viajes marítimos, a diferencia de los pobladores al interior de Croacia (Bonfiglio, 2001).

Antes de la Segunda Guerra Mundial el motivo de inmigración para los croatas fue el económico. Sin embargo, la inmigración croata que llega al Perú en 1948 ya no se moviliza por el factor económico sino por razones políticas, después de la guerra. Otra diferencia fue que la mayoría de esta población fue del interior de Croacia.

La guerra civil que se vivía en la República Federal Socialista Yugoslavia (un conglomerado de seis repúblicas regionales -entre ellas Croacia- y dos provincias autónomas) por aplastar movimientos nacionalistas había obligado a muchos croatas a huir. “El éxodo croata estuvo compuesto no sólo por los soldados sino también por civiles. La mayoría salió a través de la frontera con Austria, otros cruzando la frontera con Italia” (Bonfiglio, 2001, págs. 342-343).

El éxodo de estos europeos fue penoso por la falta de medios de comunicación. Al finalizar la guerra los ferrocarriles estaban casi inservibles, las carreteras interrumpidas y los medios de transporte eran muy escasos. La mayoría de los que salieron lo hicieron a pie.

Pero ni la llegada a Austria ni el sufrimiento para llegar a ese territorio eran sinónimos de salvación. En Austria, los croatas se entregaban a los aliados, quienes los veían como prisioneros de guerra y los devolvían a Yugoslavia, lo que para muchos nacionalistas croatas significó la muerte, pues eran fusilados. Si se salvaban de aquel fatal destino, el regreso a su país significó la marginación social e inclusive el trabajo forzado.

Lo que logró atenuar esta situación fue la intervención del Vaticano y la rectificación posterior de la política inglesa sobre la situación de los refugiados  de guerra para no devolverlos a su lugar de origen.

Ante la presencia de refugiados de guerra en Europa (entre los que se encontraban los croatas) se generó un problema de ubicación y alimentación.  Así las Naciones Unidas intervinieron para acogerlos a través del UNRRA (Comité Intergubernamental de las Naciones Unidas para los Refugiados, con sede en Londres). Luego, en 1947 el UNRRA fue reemplazado por la Organización Internacional de los Refugiados (IRO). Este organismo tomó contacto con varios países que estaban interesados en recibir inmigrantes, uno de ellos el Perú. El 25 de julio de 1947 el representante del Perú ante las Naciones Unidas suscribió “ad referéndum” la adhesión del gobierno a la nueva organización de refugiados (IRO). (Bonfiglio, 2001). Así el Perú se sumó a los países interesados en América Latina. Por ejemplo, Brasil solicitó 5000 refugiados, Venezuela 15 000 y el Perú 2000 (peruanos famosos de ascendencia croata son la surfista Sofía Mulanovich, el periodista Juan Gargurevich, el escritor Iván Thays, la congresista Luisa María Cuculiza, entre otros).

La mayoría de los croatas que llegaron al Perú en 1948 estuvo en Italia desde 1945. Algunos habían sido inicialmente prisioneros de guerra, sobre todo, en los campos de concentración controlados por el ejército inglés.

A continuación, conoceremos a Tugomir gracias al libro escrito por Stjepan Fistrovic (oficial croata que también vivió y sufrió en un campo de concentración).

Tugomir, entre el temor y la esperanza

Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de croatas se encontraban en el campamento de refugiados de Bagnoli (Italia), entre ellos Tugomir.

Muchos de ellos se encontraban en ese campamento pues huían del peligro que se vivía en Yugoslavia. Para Tugomir la existencia era un costal de incertidumbres, sin embargo, el tener y proteger a su único hijo eran razones suficientes para seguir viviendo.

Los días pasaban con cierta calma en el campamento. De repente, la noche apacible del 3 de mayo de 1947 se vio interrumpida. Todo el campamento se iluminó como si fuera de día. Eran las luces de los camiones de los soldados ingleses, quienes armados de porras y fusiles se apresuraron por rodear a los croatas. Todos se sorprendieron y tuvieron el claro presentimiento que una desgracia se acercaba.

Aquel presentimiento se confirmó cuando ingresó un oficial inglés portando una lista en la mano que tenía escrito los nombres de las personas que serían llevadas por ellos (ningún refugiado sabía a dónde). Mujeres y niños lloraban, los varones sudaban frío, cada quien rezando de no ser llamados.  Se escuchaban los nombres y los hombres cabizbajos se reincorporaban para hacer una fila rumbo a lo desconocido. Entre ellos fue llamado Tugomir, al escuchar su nombre se levantó y fue sacado a empujones del campamento. No tuvo tiempo de despedirse de su hijo ni de sus compañeros.

Al terminar la cacería, los ingleses volvieron a los camiones y se dirigieron a Nápoles, con un grupo de croatas esposados. Al llegar a la ciudad todos fueron subidos a un tren. Todo era preocupación y dudas, temían ser llevados a Yugoslavia donde la muerte era el desenlace seguro. Cuando el tren por fin llegó a su destino final, los croatas respiraron con cierto alivio. Habían sido trasladados a Roma.

De allí fueron conducidos a pie hacia la calle Vía Tiburtina, rumbo a la cárcel de los criminales de guerra. Antes cuartel del ejército italiano. Grande fue la sorpresa al entrar a las celdas pues se encontraron con otros croatas apresados por toda Italia. Muchos eran médicos, profesores, oficiales de alto grado. Todos acusados de ser criminales de guerra.

En realidad, ellos no eran comunistas y habían participado en asociaciones católicas. Los soldados ingleses los entregaban a Yugoslavia. Al fin y al cabo los aliados no perdían nada y obligaban a los comunistas yugoslavos a un favor recíproco.

El miércoles era el día en que los presos croatas recibían visitas, quienes aprovechaban en llevarles limas, lijas u otros objetos que les ayuden a fugar de sus celdas. Para ello, el sacerdote croata Osvald (que también estaba recluido) dirigía el Santo Rosario y los presos seguían las plegarias en voz alta mientras un compañero limaba los barrotes de la ventana.

Llegó el momento de huir. Un miércoles por la noche se coordinó la fuga, uno a uno los presos fueron escapando –ya iban 10 presos– hasta que llegó el turno del anciano profesor Marovich, quien cometió del error de fugar cargando un maletín. Cuando se encontraba descendiendo, sosteniéndose de una cuerda, Marovich desconfió de su fuerza y pidió que lo devolvieran a la celda. En ese momento, por la posición incómoda en que se encontraba, se le escapó el maletín, ocasionando un estrepitoso ruido que alarmó a todos los soldados ingleses. Tugomir fue uno de los infortunados que se quedaron en la celda.

El profesor no sabía, pero ese evento fue su única posibilidad de huida, ya que después fue entregado al régimen comunista de Yugoslavia y terminó asesinado.

Tras ese incidente, los ingleses fueron más rígidos en su trato. Se prohibió la práctica de la misa y las visitas en aquella prisión italiana. Los prisioneros de guerra estuvieron más aislados y depresivos que nunca. Así pasó dos meses sin ningún cambio trascendental. Hasta que en una tarde un soldado despertó a todos los presos y con una lista mencionó que todos los nombrados debían prepararse para salir de la prisión.

De la celda de Tugomir, llamaron a todos menos a él, cuando llamaron a su último compañero presintiendo que no sería llamado le encargó que saludara a su hijo y que le aconseje no perderse en la vida.  La pena más grande para Tugomir, no era estar encerrado, sino el hecho de no ver a su hijo (quien no podía viajar para verle porque no poseía dinero).

El tiempo pasaba, hasta que llegó el día en que todos los prisioneros que restaban fueron sacados a los pasillos, en donde les entregaron una cuchara, un cacharro de metal y fueron  llevados en camión rumbo a la estación Termini de Roma.

Era el 7 de julio de 1947, el tren se puso en marcha y todos volvían a temer lo peor: ser entregados a Yugoslavia. No se equivocaban. Aquel tren era un vehículo de la muerte pues tenía el encargo de llevarlos a la frontera de ese país, sin embargo, la intervención del Papa, pudo cambiar en el último momento esa decisión. Así terminaron siendo conducidos a una cárcel alemana. Tras tres días de viaje se encontraron en Esterwegen, un antiguo campo de concentración nazi, que en aquellos años fue convertido en una cárcel aliada. Allí se les acercó un suboficial inglés de uniforme azul y en un alemán mal hablado les dijo:

“Ustedes, desde este momento, pertenecen a una prisión alemana bajo la supervisión aliada, para compartir la suerte de los criminales de guerra alemanes (…) Los reglamentos de la cárcel son severos y cualquier intento de huída se castigará con la pena de muerte” (Sabolovich, 1959, pág. 295).

En la cárcel el ambiente se hizo más tétrico, no sólo había prisioneros políticos sino también prisioneros comunes, encima, las raciones de comida escaseaban. Por eso, cuando los penitenciarios les dieron propuestas laborales a cambio de alguna porción de comida, todos los presos no tardaron en asentir.

Tugomir y sus compatriotas fueron designados para la limpieza del canal de desagüe de la prisión. Una vez trabajando en el campo, se acabó el agua. Cuando todos habían dejado de trabajar por la sed, el guardían Stein confiando en Tugomir, le dijo:

“…el único lugar donde podemos encontrar agua es aquella casa. Yo tengo confianza en usted y si le mando a que nos traiga un poco de agua para todos, estoy seguro, que usted no  aprovechará la ocasión para huir. Veo que todos sufrimos sed. Me basta su palabra de oficial  croata para saber que volverá” (Sabolovich, 1959, pág. 303).

Tugomir, ante la gran responsabilidad, prometió volver dando su palabra de honor.  Por primera vez, después de tanto tiempo se encontraba solo. A cada paso que daba, las tentaciones para aprovechar la oportunidad eran mayores, pero al mismo tiempo la voz de su conciencia resonaba más obligándole a cumplir lo prometido.

Después de vaciar el recipiente rápidamente, había que devolverlo, tarea que de nuevo le encomendaron. Esta vez, cada paso que daba estaba acompañado de una voz que le gritaba: ¡Libertad!

En esta ocasión no había dado su palabra de honor. Sin embargo, en su cabeza repetía: “El honor, no puede haber libertad sin honor”.  Volvió al grupo de prisionero meditando sobre la honradez y el orgullo.

Pasaban los días, Tugomir era testigo de cómo sus compatriotas morían enfermos dentro de los campos de concentración, pero en medio de la desgracia apareció un bienhechor: Nikola Mrksa, croata de pequeña fortuna.

El sacerdote de la prisión había hecho contacto con él y le contó la miseria que pasaban sus compatriotas en la prisión. Así que decidió pagar a un hornero cerca de la prisión para que todos los sábados enviara un pan grande a cada uno.

El primer día que llegó el regalo de los panes a la prisión, Tugomir recibió una carta de su hijo, quien le informó sobre su decisión de emigrar al Perú. Le escribió desde el barco “General Black” que partió del puerto de Nápoles. 

Si bien Tugomir sabía que su hijo estaría más seguro en el Perú, no pudo evitar que la pena se apoderara de él y dijo: “Definitivamente nos hemos separado para siempre, hijo mío” (Sabolovich, 1959, pág. 310).

Al mismo tiempo, otros presos iban recibiendo cartas enviadas desde Italia con parecidos tenores. Sus familiares y amigos les avisaban que se iban al Nuevo Mundo. La prisión se envolvió aún más en un ambiente de tristeza pues los croatas tenían la esperanza de reunirse con sus familiares pues vivían en Europa, pero ahora aquel viaje transoceánico hacía más difícil la concretización de ese sueño.

En el año 1948, empezó a correr el rumor de extradición a Yugoslavia para los croatas. Frente a este hecho decidieron hacer un túnel de dos metros y medios de profundidad y un metro de diámetro. A pocas horas de huir, los carcelarios descubrieron el túnel. ¿Cómo? En el último momento un preso común los delató.

Pasaron los días, algunos presos fueron liberados, otros llevados a Yugoslavia para ser sentenciados a muerte. Tugomir seguía encerrado, hasta que un día él junto a sus compañeros fueron informados de su libertad y fueron enviados a unos cuarteles militares ubicados en Ligen an Ems.

Al llegar a ese cuartel para refugiados, su alegría se vio opacada al darse cuenta que aquel lugar de residencia temporal tenía las paredes con letreros anticroatas. En el pueblo residían serbios quienes no disimulaban su contrariedad frente a la presencia croata.

Se acercaba la noche y los recién liberados no podían permanecer en ese lugar por el peligro que corrían sus vidas.  Intentaron buscar trabajo en las aldeas vecinas para poder solventarse y comprar boletos de trenes para irse a diferentes destinos, pero los campesinos no podían darles trabajos, sólo alimentos.

Al día siguiente, Tugomir se empezó a sentir desesperado y entristecido. Intentó viajar, pero sin dinero todo resultó inútil. El día era lluvioso y, sin darse cuenta, vagaba por las calles. Cuando deambulaba por la orilla del canal Ems, se sentó en un banco mientras su ropa de preso se iba mojando.

En ese momento, apareció un hombre cubierto con su impermeable de goma que miró a Tugomir. Vaciló en acercarse hasta que pareció ocurrírsele alguna idea. Se sentó cerca de él y,  tras unos minutos en silencio, le empezó a hablar sobre la lluvia y del mal tiempo. Tugomir respondió a sus comentarios, lo cual dio pie a que el hombre le preguntara quién era y de dónde venía. Tugomir le contó todas sus penas, sobre sus compañeros en los campos de concentración y sobre la incertidumbre de su horizonte. Cuando terminó de hablar el hombre extendió su mano y se presentó.

Era August Klubert, médico y propietario en aquella ciudad, exoficial del ejército alemán y también había vuelto de un campamento de prisioneros de guerra hace poco tiempo. Comprendía cómo se sentía Tugomir y por eso quería ayudarle.

August llevó a su casa al croata, donde fue presentado ante su esposa y sus pequeñas hijas. Luego, le dio una cajita y grande fue su sorpresa cuando al abrirla encontró ropa nueva. Ya no usaría más aquel traje de preso.

En la tarde, luego de un ameno lonche, el doctor Klubert se marchó a la ciudad para atender sus negocios, la esposa se despidió para hacer sus quehaceres domésticos, por su parte, Tugomir, se dirigió de nuevo al canal y se encontró en el mismo banco donde hacía sólo unas horas estaba desesperado. Le embargaron una multitud de pensamientos, pero todos terminaron en una sola frase: “Dios es grande” (Sabolovich, 1959, pág. 331).

Días y meses pasaron y ya en 1949 el campamento de refugiados de Lingen se llenó de exiliados de todas partes de Europa. Distintas comisiones del IRO (Internacional Refugee Organization) trabajaron escogiendo gente sana para trabajos físicos en distintos países transoceánico. No importaba título y diplomas intelectuales, todos se presentaron por trabajos manuales sin condición, esperando encontrar comprensión y colaboración en algún país occidental.

Por ejemplo, Australia aceptaba refugiados si algún pariente o amigo que residían en países transoceánicos podían ofrecerle alguna garantía. Tugomir decidió postular, pasó el examen médico sin ninguna objeción y cuando ya estaba en la fila para presentarse al representante australiano, un enviado del campamento le entregó una carta certificada y con carácter de urgente procedente del Perú.

Era la carta de su hijo, quien ya vivía en el Perú tres años. Tugomir se llenó de alegría al recibir noticias de su hijo. La abrió con manos temblorosas y halló documentos para emigrar al Perú. La alegría se apoderó de él, se encontraría con su hijo. Inmediatamente fue donde los representantes de la IRO, que le devolvieron a Ligen, días después, recibió orden de trasladarse a Hamburgo y presentarse al cónsul peruano, el cual le dio el visado necesario.

Tugomir partió rumbo al Perú en noviembre de 1950 y realizó un largo viaje: en tren desde Hannover, a través de Alemania y Suiza, hasta el puerto italiano de Génova. Ese fue el último recuerdo triste de aquella Europa. Tugomir al llegar al Perú empezó una nueva vida de trabajo acompañado de algo valioso para todo hombre: la familia y la paz.

 

Bibliografía

Bonfiglio, G. (2001). La presencia europea en el Perú. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú.

Burin, M. (2009). La familia croata en el Perú. Lima: Quebecor Wolrd Perú S.A.

Sabolovich, S. F. (1959). Y mañana... que será? Lima: Mercagraph.


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