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Los parques

  |   Alex Neira / Sentimiento de autoctonía   |   Junio 12, 2011

Muchos guardamos en la memoria, así sea como lejanos días, momentos en que disfrutábamos de conversaciones a la luz de un poste en un pequeño parque de algarrobos, molles, pinos y hierba mala, con zancudos molestando insistentemente hasta que por la embriaguez nos olvidábamos de sus pinchazos y comezones por todo el cuerpo.
Los parques, como los dos lados de una moneda, de día sirven de recreo a los niños pero ya cuando gobierna la luna son las plazas públicas de marginados y desamparados, o el mercado de hipersensibles e ilusionados… Cuando se es pequeño se va allí a jugar, mas ya grandecitos empezamos a explorarlos a la vez que nos comenzamos también a explorar.

¿Acaso no se quisiera vivir frente a un parque o por lo menos cerca?

A la gran mayoría de chiclayanos ni siquiera les ha pasado por la cabeza habitar a unos metros de alguno, no obstante debido a que muy pocos piensan en cambiar de casa -y por factores ajenos a sus gustos, para no ser reticente-.
Los parques, al menos en una etapa del vivir, son el alucinante bar -con los grillos en los violines y las lechuzas en los saxofones en primavera y verano- adonde la entrada es gratis y al cual puedes recurrir cuando quieras diferenciarte de tus contemporáneos frívolos y estúpidos, que brillan en la sociedad como piedras preciosas pero que tú sabes bien son sólo bisutería -¡o así fueran diamantes!-, nada comparable a los secretos de la intimidad en una noche de cielo estrellado, con luna y cigarrillos en una banca, con una copa entre los dedos y tus sueños y errores a flor de piel (y los de alguien más también). Lástima las luces de neón y sus espejismos, y los compromisos y obligaciones, ¡y los tipejos de Serenazgo!…¡lástima que los nuevos laberintos del camino nos alejen más y más de la compañía de los parques! Y con esto me refiero a cada vez con menos frecuencia visitarlos. Claro, se va encajando en el sistema, un día comprendemos que la vida no es sentarse en la banca de un parque, y nada: a trabajar, a ser padre, a sufrir en la brasa “para que los hijos alcancen las estrellas”. 

Cuando tenía 11 o 12 años ocurrió un hecho inesperado y finalmente revelador…, como los muchachos de la cuadra ya sólo buscaban a mi hermano Oliver, y mi hermano Oliver ya no quería andar conmigo, de pronto cogí por pasatiempo examinar en mi bicicleta los parques aledaños a donde vivía; montado en mi bici llegaba exactamente hasta donde pretendía para acabar por echarme a ver las nubes pasar, por supuesto a la sombra de algún árbol y sobre el gras. Generalmente ni vecinos ni nada por el estilo me espantó, o si lo intentaron muy contadas ocasiones lo consiguieron. Un día de esos conocí un fantasmal parque ubicado en Patazca, una urbanización solitaria y en expansión, pero que contaba con una calle en particular en donde se podían apreciar grandes y lujosas residencias, y aparte un fantasmal parque enfrente, el cual para ser franco, me hipnotizó desde el primer instante. 

Así pues, por diversas partes de él acostumbré durante un tiempo a “montar mi oficina”, con todo al final me quedé con el monumento, sí, en cuyas gradas tantas horas me pasé escribiendo y leyendo, y otras cosas que es mejor no detallar. 
Hace un par de días, quizá melancólico o qué sé yo, fui de repente a ver si me podía sentar de nuevo al pie de aquel viejo y olvidado monumento, y ya a mitad de camino me arrepentí pensando en los vecinos de la zona y la policía, o en todo caso el Serenazgo. Por último volví sobre mis pasos y me dirigí a aquel antiguo recinto. Cuando estaba más o menos cerca divisé se encontraba ocupado por una pareja. Iba a retirarme cuando reparé en aquella imagen ante mis ojos. Era increíble, mis sufrimientos y dolores son tan frívolos como quizá mis propios sentimientos. Pero había algo de verdad ya ante mí, quién diría entre esas lujosas casas y el olvidado parque encontraría mi mejoría interior y a la vez la razón para ahora sentarme a escribir. 

Ahí se distinguía una pareja arrinconada en un monumento saboreando la felicidad pese a una sociedad indiferente, pese a la frágil salud y la ansiedad de no saber cómo afrontar los gastos, ahí sentados acariciando a su bebito el padre viene a visitar aunque sea unos minutos. Ella y el bebé dentro de muy poco deben regresar, el niño a una canasta y ella a sus ocupaciones domésticas, pues es la sirvienta de una acomodada familia de por allí que siquiera le permite trabajar con su menor, dado que sirvientas con bebés no son nada solicitadas. Él retornará al subempleo del cual goza si bien con una alegría que a pesar del esfuerzo y la poca paga no se logrará desvanecer. 

Alguna vez leí que quienes no tienen lo suficiente hacen que se vuelva suficiente, que los pobres son más felices que los ricos porque viven compartiendo milimétricamente la comida entre los suyos, mientras que quienes tienen “demás” la soledad de la abundancia los separa entre gustitos y mimadas. Esta pareja con su menor que contemplé un cuarto de hora, son sin lugar a dudas una prueba fidedigna de ello, lo que no significa debemos voltear el rostro cada vez que nos chocamos con algunas, sino verlas con otros ojos, es más: por qué no sentir envidia, después de todo tienen amor, algo que el dinero no puede comprar y que generalmente cuando abunda nunca acompaña.

También se les puede envidiar, siquiera en mi caso, el hecho de que sigan visitando los parques. 

Los parques… que van cambiando tanto con los años, aunque en esencia sigan siendo iguales, como nosotros, por cierto.

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