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Reflexiones sobre mojado

| Alex Neira / Sentimiento de autoctonía | Febrero 07, 2012
Se mojó la ciudad, desde la noche hasta hoy en la madrugada una lluvia menuda pero persistente nos visitó. Olor profundo a tierra húmeda se percibe desde cualquier ventana abierta; de codos sobre el alféizar de la mÃa observo la pista a mis pies, retocada por pequeños charcos. Los cables de los postes negros como acabados de colocar, incluso el trinar de los pájaros pareciera más acentuado, felices por la frescura y las piscinas a su medida; las fachadas de repente marcadas por lÃneas marrones: ha sido el fluir de las gotas entremezcladas con el polvo que las cubrÃan previamente; el verdor de las plantas más vivo que nunca.
No sé porque no he buscado encender la radio (siempre en el dial de Radio Programas), tal y como por lo general suelo hacerlo. En realidad... lo sé pero no he querido decÃrmelo, ya me descubro, claro que lo sabÃa, era cuestión de tiempo aceptarlo. ¡Ey!, también ya reparo en el motivo que no me permitÃa, como en otros tiempos, sentirme alegre ayer por la noche cuando caÃan las gotas. Es increÃble como antes era un festejo sencillamente darme cuenta de que se encontraba lloviendo, al margen de ser una garúa o una lluvia torrencial como la que azotó la ciudad hace aproximadamente 15 años, y es que la poesÃa dejó de remarcar las frivolidades de mi existencia para hacerme cómplice, inclusive a mi pesar, de las desgracias ajenas, desde luego asà sea por unos momentos.
El Hado me libre del papel de predicador o cosa por el estilo, simplemente voy al hecho comprobado y recomprobado que ya no puedo zafarme del mundo, sé que no he encendido la radio porque me dirá en alguna parte no muy lejana la menuda lluvia de hace unas horas ha causado en cambio estragos, o sea ha originado inundaciones, derrumbares de casas apenas consideradas casas —que en sà no lo son—, que personas como yo o mis hermanos deben encontrarse dominadas por ya no tanto frÃo, o hambre, a lo cual mal que bien se han acostumbrado, ahora además los sobrecogerá hartÃsima desesperación, que si bien ya la conocen por lo menos andará remarcada en sus corazones, son las pérdidas inherentes sin duda, utensilios o herramientas o bienes muy importantes —como su propia casa— se habrán estropeado casi en su totalidad, y es que esa lluvia tan poética para las clases algo acomodadas, es flagelo para el pobre de solemnidad, para esos mortales tan mortales como nosotros.
Ayer, a punto de acostarme, capté una noticia desde un lejano televisor, sólo una pero que es ya para repensar. En Ica, en un pueblo llamado Ocucaje, tierra agrÃcola de envergadura nacional, que acoge a múltiples viñedos de marca mayor, y no únicamente por brindar la materia prima para excelentes vinos de orden nacional sino de exportación, irónica como malditamente la gente del pueblo, los trabajadores por excelencia, increÃblemente no disponen del lÃquido vital, de pura y complemente «agua». En efecto, a-g-u-a.
De hecho si allá hubiera llovido como acá, cada quien habrÃa abierto la boca mirando al cielo, está claro para paliar en algo su sed, aunque más que nada para hidratar su cuerpo; asimismo hubiesen buscado cualquier recipiente, desde un pequeño vaso hasta la cáscara de una sandÃa dividida en dos, acumular un tanto de agua para los dÃas venideros, pues las autoridades no hacen nada por ayudarlos a pesar de la gravedad de la situación y las reiteradas solicitudes, justo en ese pueblo directamente golpeado por un terremoto no hace mucho, justo ahÃ: en donde hasta el dÃa de hoy es aturdido por movimientos sÃsmicos, se dirá de menor intensidad, pero movimientos sÃsmicos al fin y al cabo.
En estos tiempos más que nunca comprendo que lo contrario al amor no es el odio sino la indiferencia. Se entiende no poder actuar como un santo, que de reflexivo a altruista en potencia hay más de un paso, como cuentan «muchos son los llamados y pocos los elegidos»; lo que indigna es ver que tantas personas, las más para expresarme con propiedad, guarden un gran concepto de sà mismas por esas «obras de caridad» que realizan por «los menos favorecidos». Creen que porque regalan la ropita raÃda de sus vástagos a algunos menesterosos antes de tirarla a la basura, o debido a que en diciembre organizan Chocolatadas, o porque «no se meten con nadie» —cosa que particularmente les hincha el pecho como la mismÃsima Virgen frente al Ãngel de la Anunciación—, o a causa de que tratan con respeto al mendigo y hasta le sueltan un consejo conforme le cierran la mano depositándole un billete bien dobladito, por cosas asà son ya el grano fecundo del Sembrador.
Tampoco voy a decir que el confirmar esto me produce —con perdón— un dolor de huevos, o que en todo caso me hincha la vejiga. No se me mal interprete, por ningún motivo quisiera llevar la brasa para mi sardina, es más: una de cal por las que van de arena, soy una grandÃsima mierda; por lo menos ese concepto guardo de mà mismo. Considero, por cierto, a partir de dicho planteamiento, de esta perspectiva de vida, un rejuvenecer en mi existencia. Cada oración que trazo sé es muy poca cosa, cada acto que realizo desinteresadamente al final me hace recapacitar, y arribar a la conclusión que seguro no ha sido tan desinteresado mi proceder como en un primer momento creÃ. Y bueno, como dije, el Hado me libre del papel de predicador o cosa por el estilo, esto es: no ansÃo que quienes me leyeran pensaran como yo, que tengan ese concepto de sà mismos quiero decir, más bien reflexionen sobre los demás, recapaciten acerca de su balanza de valorización, que pudiera ser se ubique un tanto alterada.
Ahora más que nunca la porquerÃa transita bajo la luz de los reflectores, quienes más dan en rigor dan poco en comparación con lo que tienen, y si lo hacen es por puro miedo, por miedo a la hoguera eterna y en contraposición «apoyan» por asegurarse un pedazo de cielo, la virtud moral es cada dÃa más escaza, sino véase nada más su actuar en el cruce de dos avenidas transitadas; para ellos los chiquillos limpialunas son futuros delincuentes, mozalbetes sin esperanza, oportunistas que sin permiso trepan en el auto del año acabado de lustrar; de ningún modo son tristes desnutridos, desesperadÃsimos adolescentes o niños, chicos que deberÃan estar en la escuela sea como sea, gente que habrÃa que apoyar de una u otra manera, muchachos que habitan con alcohólicos o violadores, de madres prostitutas o sencillamente abandonadas y con demasiadas bocas que alimentar... Yo soy una mierda, pero por lo menos sé lo que soy; y ahora a encender la radio, ya quiero enterarme de las novedades que ha traÃdo la lluvia por otros lares, esa lluvia que a mis vecinos contenta tanto.
Foto: Alex Neira.
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