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Una historia en particular

| Alex Neira / Sentimiento de autoctonía | Enero 10, 2012
Es común censurar a quienes hacen cosas malas. Lo normal es criticar a aquellos que actúan en perjuicio de otros. Los malos en primer término son actores de sucesos infames. En eso no hay vuelta de hoja. Sin embargo una mamá muy buena puede ser al final de cuentas la asesina indiscriminada de su propia prole.
En mi primera juventud frecuentaba una casa en especial, un hogar en donde los 3 hijos eran brigadieres, muchachos aplicados y obedientes que a claras luces prometÃan un futuro eminente. Recuerdo como mis padres siempre ponÃan de ejemplo tanto a mà como a mis hermanos a esos estudiosos muchachos.
Ya cuando fueron creciendo y progresivamente ingresaban a la universidad no obstante se iba asimismo vislumbrando otro cariz. El padre generalmente peleaba con la esposa por lo consentida que resultaba ser con sus hijos. La pareja si bien los habÃa protegido durante el colegio —como era de esperarse sin problemas trascendentales— conforme pasaron los años, mayor influencia parecÃan recibir los chicos de la sociedad, concretamente de los amigotes.
La primera vez que uno de ellos, entonces compañero mÃo de universidad, llegó hasta sus patas de borracho, pues, el papá se sacó la correa para enseñarle a respetar las buenas costumbres, pero su madrecita se colocó delante y le aseguró a su esposo que antes deberÃa matarla a ponerle un dedo encima a su pequeñÃn (un maganzón de 19 años). Recuerdo que cuando me enteré lo envidié, ya que mi madre en ese sentido se parecÃa de manera gemelar a su progenitor.
«Dime cómo te diviertes y te diré quién eres», dice una curiosa alteración de un viejÃsimo adagio. Los hábitos definen a las personas bastante más que cualquier currÃculo. Un tÃtulo profesional no significa ser un sujeto equilibrado, de hecho grandes profesionales son a la vez excelsos viciosos. Pero en la gran cantidad de situaciones similares es por ausencia de uno de los progenitores, por el desinterés de ambos, asà también por la suficiente astucia del involucrado como para convivir con ellos escondiendo su debilidad, o en último caso tras abandonar la casa familiar empezaba el show; raro es cuando desde chiquillo se cae en un vicio con el aval de papá o mamá, como en esta historia.
Por otra parte, no se trata de la ausencia de alguno de éstos para sentenciar de por sà una vida alterada por excesos, es corriente chocarnos con personas que por diversos motivos incluso no crecieron con ninguno de sus antecesores y asimismo son de lo más correctas como estables emocionalmente. Por lo demás, por ejemplo Churchill fue alcohólico y genial orador aparte de estratega polÃtico. Sin ir tan lejos, nuestro Bryce fuera de ser un lector apasionado y polÃgrafo escritor gusta de empinar el codo desde joven.
Cuando ese compañero de entonces retornaba a casa nunca dejó de faltarle un plato de comida bien caliente, mientras que en otros hogares lo lógico era al menos calentarse la comida por cuenta propia, si es que se nos permitÃa comer. Luego, cuando se perdÃa 3 dÃas entre variadas exuberancias su madre lo aguardaba para darle triple ración y encima presta a propinarle el dinero que «su sangre» requerÃa de pronto.
Amigas y familiares le fueron advirtiendo que los hijos cambian, que uno no solamente es lo que fue sino lo que va adquiriendo, con todo no prestaba oÃdos. Ya cuando se puso al corriente de que su hijito era un afamado coquero de la ciudad y que los otros dos sobrevivÃan al borde del alcoholismo, aseguraba que Dios ya los regresarÃa al buen camino, que lo relevante era darles amor, comprensión, después de todo ellos habÃan sido excelentes colegiales, no como los demás de la cuadra.
Su padre seguramente tuvo mucho de culpa, pero recuerdo bien las varias veces que le gritó a su mujer por su conducta. Al parecer no pudo con ella o se desinteresó vencido por sus afanes. La verdad, a mi modo de ver, no supo combatir su loco amor maternal. Una mujer bastante sobreprotectora a quien nadie podÃa hacerla entrar en razón. Los hijos por supuesto se fueron distanciando del hombre de la casa entretanto más se escondÃan bajo la dulzura desproporcionada de su mamacita.
En el derecho, diré: dentro del ámbito jurÃdico, tanto hacer como dejar de hacer puede configurar un delito. Acción u omisión generan iguales responsabilidades. Por lo demás, hoy son numerosos los que buscan ser los mejores amigos de sus hijos, lo que en pocas palabras significa no contrariar a sus menores, o hacerlo superficialmente. Ya sea una alargada-moda o producto de una ignorancia supina influenciada por los medios de comunicación basura, o por el simple hecho de no generarse complicaciones, padres y madres evitan dar un estatequieto siquiera, ya cuando van desarrollando sus creaciones, lamentablemente, se divisan las torcidas de tronco.
Engañamuchachos al final viene a ser tanto el taita o la mama con tales actitudes. Para colmo, cuando todo se pone color de hormiga ni siquiera son capaces de cambiar, de girar el timón asà sea en medio de la tempestad. Claro, se escudan en su infinita bondad, como si el ser bueno significara hacerse de la vista gorda, como si ser bueno fuera evadir discusiones o momentos amargos. Como si la vida no fuera coraje, como si virtud no viniera de vir (vigor), de esfuerzo vital para no abandonarnos.
Cierto, mi biografÃa no es la biografÃa de precisamente un angelito. Es más, considero los excesos —sean del Ãndole que sean— fundamentales para encontrar nuestro camino, pero debo asà también agradecer que mis padres nunca estuvieron de acuerdo con mis desórdenes, ni mucho menos los fomentaron. Tuve, como cualquiera, que aprender a aparentar (lo cual me retuvo en mayor o menor grado). Y por supuesto, debà interrogarme al mismo estilo que San Pablo: «Veo el bien, veo el mal, no hago el bien que quisiera y hago el mal que no quiero.» En dónde anduviera si mis viejos no me habrÃan molestado tanto por mis arrebatos, a mà que demasiado me han atraÃdo desde siempre los callejones sin salida.
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