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Niños artistas y papás idiotas

  |   Alex Neira / Sentimiento de autoctonía   |   Enero 17, 2012

Es indignante presenciar como una pareja de esposos comenta con tanta naturalidad, mientras se empachan a mitad de un opíparo almuerzo, entre risas y brindis cada dos por tres, la forma en que le van destruyendo la imaginación a sus pequeños hijos. Y más indignante todavía el confirmar que los más de los presentes les dan su visto bueno.

¡Ojo!: siquiera fuera por tratar de no contradecir a quien pudiera ser el jefe o un futuro cliente, como tanto se ve, indirectamente, se agacha la cabeza para no perder oportunidades económicas o laborales, según se cuenta por eso de pensar primero en la familia. «Si soy hipócrita es porque mis hijos necesitan comer». Acá resaltaba la convicción esencial, o sea de corazón se pensaba igual; llegado el caso se actuaría en el mismo sentido si es que ya no fuera así.

Ayer lunes estuve en la casa-quinta de un viejo amigo. Al principio imaginé sería un almuerzo jovial y fresco, al aire libre bajo la sombra de un frondoso árbol con una piscina al lado esperándome para zambullirme y olvidarme del mundo y las obligaciones. Pese a ser lunes habíamos hecho espacio con Ingrid para disfrutar de un día de campo así como de la excesiva cortesía del anfitrión, quien por nada del mundo celebraría «su diablo» un día que no sea el de su nacimiento.

La primera sorpresa fue que varias parejas aparecieron con sus menores, acaso entre 4 y 8 años. Obvio, hasta ahí normal como Pascual. Cada quien disfruta a su manera, además la señora de la casa había dispuesto lo necesario —y más— para que los pequeñines estuvieran en su salsa. Era realmente todo un circo, o una feria, o un carrusel, o un bosque encantado. Los angelitos haciendo de las suyas con nanas propias o dadas resguardándolos, y los mayores a cierta distancia disfrutando de buen vino y una suculenta como descomunal comida. Nueve parejas, incluidos los propietarios. Entonces sucedió:

—Alex, ¿qué cuento me recomendarías como para mi Estéfano? —me interroga una antigua conocida.

Me hice el que no escuché.

—Alex… Uy, me había olvidado que tú no eres la mejor referencia, je, je, je.

Risas.

Simplemente concedí una transparente y larga mueca.

Al cabo intervino un papá desde el otro extremo:

—Hay que tener cuidado pues si no se acostumbran. Después sólo quieren leer novelas, y eso, sin querer ofender a nadie, es una huevada. Miren, yo son ingeniero, quiero decir, tengo mi dinerito por ahí a base de trabajo constante y estudios profundos, y créanme, jamás he necesitado ni necesité leer novelas o cuentos. Los chicos requieren adentrarse en la realidad, ahondar en la vida tal y como es, no perder el tiempo leyendo novelitas, ¡por favor!

—¡Yo pienso igual ah! —dijo su «linda» esposa.

—Oye hermano, me acabas de quitar las palabras de la boca —agregó un gordito simpaticón bien sentado a mi costado.

—Tienes toda la razón Juanjo —se escuchó sentenciar a la reina de la casa.

—Un momento, un momento, estábamos hablando de cuentos para niños, ¡por Dios! A esa edad son importantes estas cojudeces para que aprendan a expresarse, no es lo mismo cuentos infantiles que novelas. Lo que sí, ya grandecitos se les habla de la vida de verdad, lógico.

Hubo un corto silencio, y sin ánimo de querer traer agua para mi molino, tomé la palabra.

Desde luego no voy a retratar mi intervención, lo que sí en cambio pienso hacer —y estoy haciendo— es utilizar mi tribuna para generar algunas preguntas a quienes tengan el tiempo y las ganas de leerme.

¿Se podría vivir sin historias, sin que nos cuenten y sin contar cuentos, o leyendas, o crónicas, o acontecimientos, o mentiras o embustes en general?

¿Cómo se les recuerda a las personas al final de cuentas, al margen de efectismos o brechas sociales, acaso no es por su manera de expresarse, de revelar un suceso o una historia?

¿Qué niño no es poeta, quién podría decir que su hijo no demuestra una aparente genialidad por su manera de preguntar, de contar, de sentir?

¿Por qué cuando crecen les cuesta tanto transformar su jardín en un bosque o jugar con dos lapiceros como si fueran naves espaciales?

Si bien para comprender la ficción es necesario comprender la realidad, ¿qué significa dejar de imaginar por las cadenas de la cordura?

Son precisamente por los estúpidos padres que la vida les concedió. Por eso mismo será que quiera o no quiera un padre de familia, es obligatorio mandar a los infantes a la escuela. No saben ni papas de educar a sus polluelos, y tampoco desean enterarse.

Para qué se existe, ¿quizá es para vivir trabajando siempre o trabajar para vivir mejor, o sea con mayor tiempo libre?

¿Vivir mejor es tener muchos bienes, es llegar a dormir a casa al anochecer por completo cansado, es ver 2 horas al día a los críos? ¿Eso es tener éxito en la sociedad, en el mundo?

¿Se haga lo que se haga la meta no es ser feliz? ¿Por qué preparar a los niños a que sean responsables y diligentes desarrolladores de funcionalidades, eso los conducirá a la satisfacción personal, a alcanzar una conciencia más saludable y humana?

¿No son las novelas mucho más reales que la realidad? ¿En ellas no se aprecia el alma de seres tan extraños como buenos y malvados, por ellas no nos trasportamos a otras conciencias? ¿En una historia novelada, en una fábula, en un cuento mitológico, pasando las estructuras de la realidad no se arriba al paraíso de la profundidad más profunda, o sea el ponernos en el lugar de otros?

Esta historia me la inventé, es producto de mi imaginación, ¿será por eso menos cierta que aquello que se ve entre los adultos y sus pequeños hijos allá afuera de mi ventana?

En 1571 a El Veronés —un pintor italiano que sería una figura central del manierismo veneciano, y más que nada artista de talla universal a la posteridad— se le encargó una «Última cena» para el convento dominicas de San Juan y San Pablo (Venecia). Dos años después, cuando terminó su obra debió defenderse ante los inquisidores del Santo Oficio de, está claro, Venecia. En efecto, se le acusó de hereje dado que había muchas personas armadas en la pintura. Y bueno, no solamente contestó que si no hubo más fue porque no tenía ya espacio, además agregó: «Los pintores como los poetas y los niños no tienen por qué sujetarse a la realidad».

Ni los adultos en general diría yo. En fin. Ya se ve, imbéciles sin imaginación tanto hoy como ayer, y como siempre. Por lo menos evitemos en lo posible sigan extendiéndose. 

 

Foto: Detalle de Cena en casa de Levi. Así pues, aunque no fue condenado El Veronés por su Última cena, se le obligó a cambiar el nombre por el de justamente... «Cena en casa de Levi».

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