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El «buen» Sebas

  |   Alex Neira / Sentimiento de autoctonía   |   Enero 24, 2012

Es impresionante la manera como se va trazando —lenta y delicada misma filigrana— una amistad, como se va formando tan especial joya en ese deshilachado tapiz que por lo regular es nuestra conciencia.

Fuera de que, conforme vamos avanzando en edad, lo máximo a sentir por lo común es una profunda simpatía hacia alguna persona en particular, de las tantas que solemos encontrar, chocar, tratar, de pronto frecuentar por relaciones de trabajo o estudios alternos... En ese enrevesado camino que al final de cuentas es el transitar de cualquier existencia.

Conocí a Sebas en cierta manera predispuesto a que fuera mi amigo, aunque es necesario aclarar que eso no ha sido cosa única en mi vivir; quiero decir, asimismo me ha sucedido alguna vez con otras personas, seres a quienes en principio procuraba conocer por referencias amicales y sin embargo, ya luego del encuentro (o encuentros), lo que me quedaba en el alma era una grandísima decepción.

Tampoco es que vaya por la vida rebuscando amigos entre mis amigos, voy a los escasos hechos en donde se ha dado esto que cuento, y como al final nada está dicho ni en este tema siquiera. Alguna vez leí que un artista sólo revela su esencia a otro artista; quizá fue aquello lo peculiar y definitivo, pues la primera vez que supe de Sebas estaba ingresando a casa de Muki, un mutuo amigo al cual no frecuentaba desde hacía varios inviernos y quien a raíz de retornar a Cix, digamos, inevitablemente volvió a mi presente así como yo al suyo. Íbamos a bebernos unos tragos en su residencia y ahí fuimos directamente desde el supermercado.

Ahora bien, al margen de conocer su ambiente cuando no sabía ni sonarme los mocos, no supe dar con su casa por lo mucho que había cambiado desde la fachada. Recuerdo que ya en el interior me sobrecogió extraños cuadros colgados, otros empotrados y la gran mayoría desperdigados por el suelo. Remiré y distinguí fotografías, collages, óleos, piezas de madera talladas que dejaban ver lo que asemejaba alucinaciones lejanas, como fetos de seres de otros planetas... Sin más había ingresado al mundo de Sebastián Simendez.

No obstante, nos conocimos unas semanas después, y a partir de ahí a frecuentarnos en la medida en que las obligaciones y otras amistades lo permitieran, ya que ambos contábamos, como es de esperar, con su propio grupo de compinches. Lo que sí, desde nuestro primer encuentro pude captar ese inconfundible como único laberinto que por lo general suele envolver a un esteta de marca mayor. Porque Sebastián no es un aficionado ni un chico perdido, o un egocéntrico que para justificar sus vicios se enmarca de artista. Una de sus peculiaridades es su falta de intoxicación, tan común entre los «seudo» o «semi» abocados a la creación. Si bien no es un abstemio y ama los diferentes estados de conciencia, jamás busca disgregarse entre las distintas delicias que ofrecen la naturaleza y la sociedad.

Los artistas genuinos, aquellos que prefieren pasar ciertas penurias o marginalidad inclusive a ceder al sistema, pese a que afrontan incomprensiones y miradas de reojo, como locos sin loquerío, a la vez les suele circundar un aura mayor incluso a la de cualquier exitoso empresario o profesional en general, y es que para percibirse realizados tanto unos como otros necesitan de los demás, del visto bueno de los que están allá afuera, mientras que un artista ante todo y sobre todo urge de su propio dictamen, y éste es bastante anterior a cualquier galardón; es sempiternamente él mismo quien calificará lo mucho que ya se superó, y, lo muchísimo que le falta por superarse.

Hace poco leyendo al escritor Albert Cossery di con unas palabras que bien las pudiera decir mi amigo: «Nunca he deseado tener un bello coche o cualquier otra cosa que no ser yo mismo. Puedo salir a la calle con las manos en los bolsillos y me siento un príncipe». Ayer que estuve en su casa apreciando su última creación llegó justo un técnico en informática para que hiciera unos ajustes a su PC. Y es que Sebastián no solamente es pintor, asimismo es fotógrafo digital, marquista, artesano, escultor, mezclador, y diseñador gráfico; medio este último por el cual se gana la vida. Aunque a medias, ya que nuestro común amigo Muki es de alguna forma su mecenas, adquiriendo los más de los cuadros que este loco amigo pinta.

Cuando recién lo traté a fondo le pregunté cómo había arribado a tan decisiva forma de vivir, así fue como descubrí que desde pequeño había tenido contacto con la pintura y las manualidades en general por la misma familia de donde procedía. Ahora me viene a la cabeza el pintor suizo Paul Klee, quien proviniendo de padres músicos de primera fila, tal y como apuntó en su diario: «Sólo lo prohibido me causaba alegría. El dibujo y la literatura». De tal modo, tanto Sebas como el pintor suizo tienen en común ese espíritu, aquel «espíritu de contradicción», dado que otra de sus características es que constantemente ha hecho —y sigue haciendo— lo opuesto a lo que se le ha encomendado.

 

Foto: Lienzo de Sebastián Simendez. Si deseas ver más de su obra ingresa a http://simendez-simendez.blogspot.com/

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