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Desear puede ser dañino para la salud

| Stanley Vega / Diarioviento | Marzo 23, 2013
A inicios del año 2000 nos conocimos con Tito Chávez, un barbado y joven pintor que acababa de salir del CREMPF, un centro de reposo mental ubicado en Piura. Allà estuvo tres meses padeciendo una terrible depresión. Sin embargo, al momento en que nos presentaron se le veÃa bien, sonriente y con el paso de los meses hasta se involucró en un grupo de veteranos pintores y realizó su primera muestra, constituida por horripilantes rostros, manchas oscuras, abruptas pinceladas hechas con furia.
Tito, nunca habÃa hecho estudios de pintura. Y lo más cercano a la academia eran sus dos tÃos paternos, pintores de reconocida trayectoria en nuestro paÃs. Pero él siempre se mantuvo al margen, tratando de mantenerse lejos de las enormes y densas sombras de sus parientes.
Por la cercanÃa de nuestras edades, nos reunÃamos con cierta frecuencia. E incluso le hice una entrevista para el suplemento de un diario local. Y al finalizar ese año, nos amanecimos bebiendo mezcal en un pub de la avenida Saénz Peña donde él perdió uno de sus más entrañables sombreros.
Como en el 2001 publiqué mi primer libro, Inútil inventario, acordamos con Tito hacer una presentación conjunta en el Centro Cultural La Noche de Barranco. Él realizarÃa una exposición de sus rostros y yo presentarÃa mi poemario. La coordinadora de eventos no nos puso muchas trabas y separó la sala y el auditorio para el dÃa 9 de julio de ese mismo año. Solo tendrÃamos que llevar dos cajas de vino para el brindis.
Entonces quedamos en que él comprarÃa el vino y yo imprimirÃa cien tarjetas de invitación. Tarjetas que su familia distribuirÃa en Lima. Mis invitados no pasaban de cuatro gatos. Todo marchaba bien hasta que Tito se obstinó en comprar no dos litros de vino en cajitas sino dos cajas grandes, de esas que contienen cada una doce botellas de vino. No me jodas, –le dije– ¿para qué tanto vino? Ni que fuera un cumpleaños. Pero bueno, si gustas compra nomás, igual, lo terminaremos bebiendo.
Aparte de no gustarle mi comentario, el dÃa en que fui a dejarle las invitaciones impresas me recibió en el patio de su casa con un rostro casi similar a los que pintaba. El entrecejo fruncido, los labios agrietados, la mirada extraviada y enrojecida. Me dijo que quedaba poco tiempo para que su familia distribuyera las invitaciones, que ya no exponÃa y que yo era un cojo de mierda. El cagao eres tú, le respondà y mientras me retiraba deseé chancarle las canillas con el martillo de Thor.
HabrÃan pasado dos años cuando me contaron que Tito estaba internado, que no podÃa caminar y que necesitaba la urgente operación de los músculos de su pierna derecha. SufrÃa de un sÃndrome compartimental. Afortunadamente, todo salió bien. Pero eso sÃ, tuvo que llevar varios meses de terapia de rehabilitación.
Ahora, seguro se preguntarán, ¿y qué fue de la presentación del libro? Nada me detuvo. Ese 9 de julio llegué a La Noche de Barranco con mis dos litros de vino en caja y junto a mi buen amigo Selenco Vega lo presentamos no ante cuatro, sino frente a cinco gatos.
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