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A propósito de la mediocridad

  |   Alex Neira / Sentimiento de autoctonía   |   Junio 21, 2011

“¿Sentimiento-de-autoctonía?, no, de ninguna manera, está mal escrito el título”, me increpa ella. “Debería ser: Sentimiento de autoctonía. ¿Por qué esos guiones, acaso no sabes que está mal, acaso no te has enterado que la utilización de este signo de puntuación es inadmisible en este caso?, ¿qué pretendes ah?”. Pues nada, me he tomado esa licencia basándome en el trasfondo que justo envuelve el título, en pocas palabras he querido darle un toque de originalidad y trascendencia, por supuesto tomando como premisa que el principio general del guión es establecer una relación entre palabras. â€œÂ¡Igual está mal!, el guión tiene diversas funciones pero ninguna en tu contexto”, agregó deprisa. Y sin tomar aliento: “Es de pésimo gusto pretender innovar, sobretodo en este asunto”.


Más o menos aquella ha sido la conversación que tuve ayer con una de mis pocas lectoras, de esas que me leen pero que nunca hacen clic sobre “Me gusta”.


Claro, conjeturé: la mayoría de las personas se limitan a seguir las convenciones para no complicarse la vida. Esto me llevó a pensar una serie de ideas sobre la “mediocracia”, tan asentada no únicamente en Chiclayo, o en el Perú incluso, sino en todo el mundo. Pero lo que al final me decidió por escribir acerca de este asunto, es haberme chocado hoy en el diario El País con un artículo de Enrique Vila-Matas, quien citando a Flaubert me hizo recapacitar sobre cuánto ha progresado este mal, la mediocridad.

Sentenció Flaubert hace ciento cincuenta años: “Lo que más me asombra es la feroz estupidez de los hombres. Estoy harto de tantos horrores y convencido de que estamos entrando en una época repugnante en la que no habrá lugar para la gente como nosotros. La gente será utilitarista y militar, ahorradora, mezquina, pusilánime, abyecta”.

Alguna vez creí que la falta de superación, o el común denominador de la envidia, o el conformismo, la hiperadaptación, la inercia, el temor a fracasar, la ausencia absoluta de iniciativa, eran características propias de los chiclayanos, o en todo caso de los peruanos, pero de fijo es un flagelo mundial, una pandemia que está carcomiendo el orbe progresivamente.

Es cierto, si todos fuéramos excelentes en algún arte, destreza, oficio o profesión, convivir sería un caos, nadie querría trabajar en la ventanilla de algún banco o en las minas, los mediocres aseguran el desarrollo económico, tanto por su calidad de consumidores como de conformistas, convencidos de que su destino ante todo es asegurarse una estabilidad social. Ahora bien, ¿qué es la mediocridad? Rpta: una incapacidad, la de valorar, apreciar o admirar la excelencia.

Y esta incapacidad es tan común que se podría llegar a afirmar que una persona normal es básicamente un mediocre. De cualquier modo lo rescatable todavía es que de esa gran masa de seres humanos la mayoría guardan tal conformismo que a pesar de su falta de miras, o precisamente por esta ausencia, son felices. O bueno: se encuentran contentos de sí mismos.


¿En dónde está el quid de la cuestión? En que no hay un solo tipo de mediocres, y en que los otros dos tipos a pasos agigantados ganan terreno. Y es que ser mediocre no significa solamente tener un trabajo cualquiera, pueden ser también personas con importantes cargos públicos o jefaturas muy bien remuneradas. Por eso me llamó la atención cuando Enrique Vila-Matas dice que “cuando se habla de la ignorancia de las masas, se habla en términos injustos e incompletos, porque a quien sería más urgente educar es a los poderosos”.

Si nos ponemos a reflexionar al sistema le fascinan los ciudadanos fáciles de manipular y que no cuestionan la autoridad ni las normas. O sea, los consumidores ideales, los mediocres. Por eso también la educación tanto en el Perú como en casi todo el mundo va en contra del alumno sobresaliente, se puede destacar pero por ningún motivo demasiado, sino por qué todos los alumnos deben hacer lo mismo, sino por qué los uniformes, en todo caso: por qué si alguno capta con facilidad la historia y detesta dibujar tiene que controlar su predisposición y aprender a dibujar también, sacrificando en horas perdidas claro está su afán por la historia. Ya cuando se concluye la escuela salvo algunas pequeñas excepciones el alumnado se encuentra más que desenfocado, con sus capacidades detenidas y sus incapacidades fomentadas. Con una nítida pérdida de entusiasmo ante lo óptimo, cosa que al final marcará su futuro laboral e intelectual. Nada de excelencia, nada de creatividad, nada de iniciativa: el fin es equilibrarlos con la máscara de la mediocridad.


Según José González de Rivera, psiquiatra y autor del libro El Maltrato Psicológico, además de la “mediocridad simple” de la cual me he ocupado en términos generales, están la “mediocridad pseudocreativa” y lo que se conoce como el “síndrome de mediocridad operante activa”. Así pues, estas dos últimas formas de mediocridad son las que se deben temer, más todavía debido a su abundante proliferación. Por una parte, cualquiera puede señalar con facilidad a esos que no se esfuerzan más allá de las exigencias mínimas, pero asimismo nadie podrá negar que cuenta con un amigo -o en el mejor de los casos “conocido”-, que aparte de ir un poco más lejos en sus intenciones, antes que esforzarse, perseverar, insistir con firmeza, aprender a disciplinarse en eso que desea perfeccionarse, se fija en las apariencias, preocupado antes que nada de su imagen. Poco le interesa progresar y en cambio procura imitar y repetir perniciosamente, haciéndose pasar por lo que en sí no es.

Por lo demás, lo delicado se divisa cuando se repara en aquellos que sufren el “síndrome de mediocridad operante activa”. Estos estúpidos no tan solo son incapaces como sus primos hermanos de distinguir lo especial, de admirar al genio, sino además intentan destruirlo contra viento y marea. Si bien desarrollan, no es en cuanto a sus actividades creativas o productivas sino por los medios que utilizan, para por último enfocarse en el socavamiento de cualquier persona brillante que se cruce en su camino. 

Logran ascender, alcanzar posición social y dinero, aunque a causa de las otras formas menores de mediocridad que, se quiera o no, les otorgan más de una mano. Una vez bien colocados, cuídense los genios o excelentes.

¿Quiénes juzgaron a Sócrates? ¿Sufrieron el síndrome de mediocridad operante activa los que en la Inquisición quemaron tantas mujeres hermosas? ¿A qué se debió la marginación y maldita pobreza en que murieron Vallejo o Cervantes?

Durante todas las épocas han existido “Salieris”. En todos los tiempos gente notable ha sido perseguida e inclusive silenciada como Amadeus Mozart por justamente su colega Antonio Salieri, quien como afirman tantos entendidos, fue el titiritero que condujo los hilos para que el genial músico muriera tan joven, con nada menos que 35 años, cuando pudo ayudarlo a vivir de otra manera, ¡él que sobretodo tanto gustaba de su música y disponía del dinero y relaciones para apoyarlo! Pero obvio ya, como mediocre excelso, prefirió hacer lo imposible para hundirlo en el olvido.


Hace un tiempo el economista Scott Adams formuló el principio de Dilbert: “las empresas ascienden a los incompetentes”. Hoy en día, sin temor a equivocarme, tanto en Chiclayo como en casi todas partes, los incompetentes se ubican por encima de los excelentes en prácticamente todas las áreas laborales, el que no sabe dirige al que sabe; se ha dejado de lado aquellas actitudes como captar lo bueno, lo brillante, lo bello u original, al margen de quien sea; cualidades como el altruismo, el inconformismo, la rebeldía, la curiosidad y la iniciativa, han sido permutadas por el egoísmo, la normopatía, la comodidad, el materialismo, la cobardía, la indiferencia y la copia. Como ahora ha dicho Enrique Vila-Matas: “(…) muchos de esos dirigentes carecen de las más elementales lecturas y sabiduría y ni siquiera son estrategas de la ignorancia de las masas y hoy en día solo son fracasados hombres de negocios, dominados por los famosos mercados; son los mismos que dejan que el mundo se hunda como una barca podrida y que la salvación del espíritu acabe pareciendo quimérica incluso a los más fuertes”.


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