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Tantos años muerto, tantos años vivo

  |   Alex Neira / Sentimiento de autoctonía   |   Noviembre 28, 2011



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Siempre que vengo de pasear por la orilla de Pimentel o de almorzar en Lambayeque, inexorablemente debo pasar por el óvalo José Quiñones. Es como el graznido de los gallinazos al atardecer sobre la catedral, constante a pesar del cambio de estaciones. Y claro, nadie cuerdo evitaría pasar por aquel óvalo, después de todo es el tramo más efectivo y rápido, y tanto para entrar o por supuesto para salir de Cix.

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Es irónico esto de proyectarnos, en último término podremos prever muchas situaciones y sucesos, menos cómo serán los últimos días de la gente que ronda nuestro pecho; lo que ocurrirá con los seres especiales de nuestros corazones: ya sin nosotros. Todo ello en realidad no lo sabemos ni podremos nunca distinguirlo. Cosa del Destino o de Dios o del Demonio o de nuestro karma, por brujería o buenas o malas estrellas, el punto es que nadie tiene su porvenir “prefijado”, sea de la religión o creencia o forma de vida que sea, y menos todavía podríamos prefijar el porvenir de los seres que amamos, los cuales acaso se quedarán a afrontar las numerosas jugarretas de la vida ya sin nuestra presencia.

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Aquel óvalo ubicado en específico en el cruce de tres vías que más allá de todo relaciona tres ciudades, no fue colocado con sus particulares características en vano; en realidad se debe a una especie de agradecimiento al sujeto que fue don José Quiñones. Ahora que han remodelado el colegio nacional San José, otro joyita de estos lares, sería bueno traer a la memoria de la colectividad la serie de héroes y en general santos varones que han provenido de ahí. Obvio, entre sus aulas se educó don José Quiñones, y aunque algún negador –por no decir otra cosa- increpará tan solo estudió primaria, lo cierto es que cuando viaja a Lima a la edad de 14 años él ya tenía clarísima su aspiración, dado que fue en este colegio donde no tan solo aprendería a interactuar sino descubriría el mundo de la aviación. Gracioso y…, el director del plantel, Karl Weiss, impulsó la actividad del vuelo en planeador por esos años.

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Todos creemos llegaremos a viejos, pero todos sabemos algunos no llegarán a tanto, o más bien debería decir, “algunos no llegaremos”, de cualquier modo ya se verá. José Quiñones en ese sentido fue como nosotros, como cualquiera. Nunca imaginó moriría a los 27 años. No esperó abandonar a los suyos, es más… se cuenta que fue un muchacho alegre y optimista como pocos. (27 años). “Murió muy joven” se dirá, “se nos adelantó” comentarán otros, “¡qué puta tragedia!” gritará el disfemista, el caso es que se fue sin saberlo, y desde luego: sin vislumbrar como les iría a aquellos que él y sólo él amaba. Qué agregar, inclusive teniendo dinero y poder si hay algo que no se puede asegurar es una vida sin tragedias, o “malas jugadas” para decirlo con delicadeza.

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Y bueno, ¿qué será de los seres queridos de don José Quiñones? Ya deben haber muerto; de hecho, más que fijo. Si bien cuando él murió sus familiares cercanos se deshicieron de aflicción, se podría afirmar que siquiera hoy esas personas descansan en paz. Me viene a la memoria Javier Marías con relación a un escrito suyo titulado ¨Cuando no es triste la muerte¨. Allí, reflexionando sobre una mujer en particular anota: “su recuerdo será fuerte siempre, y sé que ella no le habrá puesto mala cara a su muerte, se habrá sentido conforme. Así que para mí no es triste, o al menos sólo triste”. En ese sentido el imprevisto y drástico final de ese joven, don José Quiñones, tampoco fue ambientado por la tristeza, esa tan inherente a cualquier muerte en sí, y ya sea que nos enteremos del fenecimiento de alguien por la tele o por el periódico, más allá de ser una persona que conozcamos o no, voy a la inevitable y potente perplejidad que se percibe cuando se nos narra el discurrir de cualquier final.

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El óvalo José Quiñones enmarca tres ciudades que justo vienen a ser las que envuelven el origen, la formación y la gloria de don José Quiñones. Involucra a Pimentel que es donde nace, involucra Chiclayo que es donde se educa y asimismo involucra el norte, aquel lugar en donde muere, en donde fallece para por contrapartida vivir eternamente como ejemplo de vida, por su integridad y valentía así como por su compromiso con la comunidad y el país; siguiendo la panamericana, dejando atrás ya la provincia Lambayeque, sí, se puede alcanzar a cruzar la frontera y pisar ese suelo adonde sucumbió. Por eso tampoco es casualidad que la estatua en la cúspide del óvalo que lo imita de cuerpo entero -como yendo o en todo caso bajando de su avión con su equipo de aviador desde su paracaídas al hombro hasta sus lentes sobre la frente- tiene el detalle de las manos juntas agarrando sus guantes como andando hacia Chiclayo (o el centro del Perú).

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Javier Marías en otra parte comenta: “(…) no estoy seguro porque el tiempo de los muertos, para los vivos ya no avanza”. Y sí, pasan los días que se hicieron lustros y uno ya no sabe si murió tal o cual hace 8 o 15 años, al cabo básicamente se tiene presente que tal o cual murió, y punto. Sin embargo… de alguna forma a partir del adiós eterno el tiempo se esfuma cuando alguien recuerda. Cierto, cuando recordamos a quien se quiso mucho y el cual para esto dejó este mundo hace ya varios años, pues el calendario desaparece, se vuelve a vivir a través del recuerdo -siquiera por unos instantes-, se ríen y se lloran momentos especiales donde tan feliz se fue. Ahora bien, ¿en qué fecha partió o en último caso en qué fecha partieron?, eso no siempre se evoca, o por último se evita traer a la memoria. Hasta que claro, a nosotros, o sea quienes recordamos seres queridos muertos, asimismo nos llega la hora. Porque antes o después nos llegará. Y si tenemos lucidez hasta poco antes de desaparecer pensaremos: qué será de los seres que amo tanto ya mañana, cómo les irá cuando no podré ayudarlos o sencillamente consolarlos. Conque seguro mientras dirigía su nave José Quiñones Gonzales a toda velocidad hacia las fuerzas enemigas pensó en sus distintos seres queridos, de hecho le vino a la mente una mujer en especial, pero por supuesto al final eligió morir, prefirió a pesar de todo actuar en consonancia con su misión hasta dar por ella su existencia. Y aquí nos ubicamos, circulando por el óvalo –entre otras formas de reconocimiento- que la sociedad peruana en agradecimiento a su valor y consecuencia le ha edificado, sea a través de un alcalde en particular o por iniciativa del grupo que sea, la colectividad desde lo ocurrido con su persona no lo ha olvidado ni tampoco parece quisiera hacerlo, cada año se conmemora su partida con festividades y eventos patrióticos de diverso proceder, y más que nada cada quien un día cualquiera podemos contar su historia (a un foráneo o hijo nuestro pero un día ocurre –no sólo uno-), y entonces de repente nos sentimos tristes por su muerte, y a su vez hacemos sentirse tristes a otros, ¡hecho!, pues da harta congoja entender que una persona tan íntegra tuvo que morir en tales condiciones. No únicamente los padres piensan en sus  hijos, quienes de pronto podrían morir tan jóvenes por causas parecidas, sino por el hecho en sí de fenecer, así sea en breve coronado héroe el vástago, apunto a que para pasar a mejor o peor vida nunca hay edad grata, nunca causa euforia la noticia de una muerte en general ni es común aspirar morir por propia cuenta al margen de, incluso, estar oliendo a flores. Por otra parte, habrá algunos a quienes no sólo será triste recordar la muerte de este pimenteleño. Coincido con Javier Marías en que hay finales que no son sólo tristeza. Se quiera o no, sea por un óvalo o no, José Quiñones permanecerá vivo forever, es ya eterno o por lo menos morirá cuando mueran los anaqueles o discos duros que guardan las joyas de nuestra civilización. Es más, rememorarlo hoy, a pesar de su trágica muerte hace setenta y tanto años, pues también da alegría, dado que comprendemos al final de cuentas  sigue con nosotros. Vivito y coleando, para  beneficio de la sociedad y orgullo de sus ancestros.

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Foto: Alex Neira.

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