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Nuevos talentos literarios

  |   Alex Neira / Sentimiento de autoctonía   |   Enero 05, 2012


Es increíble la cantidad de nuevos talentos que están apareciendo en la ciudad. Talentos literarios, específicamente. De hecho, más allá de las publicaciones o reconocimiento por parte de académicos, día a día aumenta el número de personas abocadas a las bellas letras. ¿Acaso será consecuencia del Internet antes que del Ministerio de Educación? Más que seguro, como que blanco combinado con negro da gris.

Es cierto, la mayoría de datos e imágenes que circulan por la red o son publicidades o patética información, es decir información alterada, inexacta, e incluso vacua. Pero también es cierto que gracias al ciberespacio cualquier muchacho o chiquilla pueden en la actualidad redactar una carta —mejor conocida como mail—, por dar un detalle. Se me reprochará que existen cartas y… «cartas», sin embargo el simple chat del Facebook o del Messenger son ya una rutina de composición que hace 15 años no realizaban ni los profesores de lenguaje o literatura con lápiz y papel.

Hoy cualquiera puede redactar un par de mails por la mañana, chatear media hora por la tarde y dejar una nota o comentario a algunos amigos antes de descansar. Es usanza de muchísimos, por qué no reconocerlo. Y bueno, así se sea muy malo en ortografía no se rebatirá que para escribir inevitablemente hay que pensar, ordenar la mente al margen de que tan preparado se esté. Un tiro por la culata parecería que les habría caído a los dueños de los canales de televisión y politiqueros al uso, esos a quienes nunca les ha convenido un pueblo instruido, de educación lo suficientemente sólida como para discernir y criticar con autonomía.   

Todos, o casi todos para ser puntual, intuimos la enseñanza en el Perú va de mal en peor. Una vez acabado el colegio —e inclusive la universidad— los estudiantes se ubican lejos de poder expresar sus ideas y sentimientos de manera efectiva. La pobreza léxica y desenvoltura del peruano promedio es paupérrima, y desde luego Lambayeque no es una excepción. Con todo y eso, Internet se ha convertido en una segunda oportunidad para quienes no se desarrollaron con idoneidad durante su preparación estándar, fuera de los diversos estudiantes que si bien no resaltan en clases van aprendiendo a conocerse —como jugando— por medio de mails y el chat. Los últimos de la clase que en otras épocas se apartaban de la lectura irremediablemente ahora regresan a través de enlaces, perfiles y comentarios.

Hace más o menos un mes fui a un recital de poesía, y entre los distintos poetas adultos que cautivaron con sus versos, quedé ante todo sobrecogido por dos vates de lo más jóvenes como profundas. Si mal no me acuerdo una se llamaba Rosakebia y la otra Sybila, quienes aparte de sus dotes naturales, de su predisposición para la versificación, crecieron ya con la Internet; es más: con la misma naturalidad con que tanto yo como los adultos ahí presentes vivimos pulsando el control remoto de un televisor. Se pensará que esa ventana virtual no es imprescindible para ser artista, que hay y ha habido poetas sin usar o conocer el ciberespacio, pero a donde apunto es a que estas muchachas crecieron formando parte de esa posibilidad, que de fijo en mayor o menor grado han sabido aprovechar.   

¿Había poetas igual de talentosas en Hiroshima momentos antes de ser destruida por una bomba atómica? Seguramente que sí. ¿Beethoven habría alcanzado la maestría insuperable que lo inmortalizó si en lugar de haber nacido en Bonn en 1770 habría llegado al mundo en el pueblo de Zaña en 1400? No únicamente el talento hace al artista, factores ambientes como de época son imprescindibles. Así pues, ver recitar a aquellas ingeniosas y líricas damiselas, aparte del esfuerzo personal, de hecho hace pensar en cómo la tecnología puede servir para quienes quieren utilizarla. Lo digo por ese toque de universalidad que las alejaba de esta pequeña ciudad llamada Chiclayo para de repente distinguirse a la misma altura de cualquier compositor del primer mundo.

Mi generación no es su generación, y aunque yo como muchos hemos asimilado el mundo de la computación y la informática, la ventaja de los que desde pequeñitos interactúan por medio de íconos y clics es apabullante, por lo menos para quienes buscan sacarle provecho. Y si eso se consigue apreciar en el arte imagínense cómo será en otras ramas del conocimiento, como las ciencias puras o humanidades en general. “La literatura, por mucho que nos apasione negarla, permite rescatar del olvido todo eso sobre lo que la mirada contemporánea, cada día más inmoral, pretende deslizarse con la más absoluta indiferencia”. Este fragmento hace años subrayado de repente vuelve a mí en el momento menos esperado y de la forma más vital y necesaria, ya que algo así urgía para darle cierre a mis disquisiciones. Pertenece a un libro titulado Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas, y es al cabo pertinente para cerrar el círculo. En otra parte del mismo libro se lee: “(…) el pasado siempre resurge con una vuelta de tuerca. Internet, por ejemplo, es nuevo, pero la red existió siempre. La red con la que los pescadores atrapaban a los peces ahora no sirve para encerrar presas sino para abrirnos al mundo. Todo permanece pero cambia, pues lo de siempre se repite mortal en lo nuevo, que pasa rapidísimo”.


Foto: cortesía de Juan José Soto.

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