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La vida es una aventura melancólica (el cine de Wes Anderson)

  |   Álvaro Dí­az Dávila / Criaturas extrañas   |   Marzo 13, 2012

“Una hoja de papel volando de aquí para allá”, eso fue lo que le dijeron al personaje interpretado por Luke Wilson en Bottle Rocket, la primera película de Wes Anderson y la cita me sirve para entender por qué tantos jovencitos –sensibles, complicados, tiernos, vulnerables y melancólicos– hemos formado parte de su más fiel fanaticada.

Anderson es un director de cine estadounidense que produce, escribe y dirige sus películas siguiendo el ritmo de sus propias pulsaciones. Así como Jarmush o Kaurismaki, él es uno de esos extraños directores con una propuesta radicalmente personal, cuya preocupación se centra en el individuo, el ser humano solitario y cargado de pesar existencial. “Cuando alguien escribe algo negativo sobre mis películas lo tomo a manera personal”, dice Anderson y agrega: “sé que tienes que ser insensible en cuanto a eso pero no soy tan insensible como necesito ser”. Esas declaraciones resumen el compromiso emocional que tiene con su cine y lo mucho que debe entregar de sí mismo en cada película.

Sin embargo, sus historias no se regodean en la tristeza sino más bien pueden entenderse como comedias. Sus personajes son graciosos, pero también patéticos y profundamente conmovedores. Si te has conectado con su raro sentido del humor, no tardarás en sentir una especie de liberación, como si alguien hubiera revelado tu lado más absurdo e infantil. Su primera película se llama Bottle Rocket y es, en resumen, una celebración a la amistad. La historia empieza cuando uno de los personajes sale de un centro siquiátrico y se junta con su viejo amigo –Owen Wilson– para poner en marcha algunos de sus planes delictivos. Ha pasado el tiempo y ahora son jóvenes confundidos y fracasados que emprenden una huída luego de asaltar una tienda de libros. Entonces intentan ser unos delincuentes sólo por el placer de serlo, como si necesitaran llenar el vacío de sus vidas con experiencias arriesgadas: la obsesión por darle intensidad a una vida abrumadoramente mediocre. Pero las cosas salen mal, nadie los toma en serio, ni siquiera sus víctimas, quienes los miran pasmados ante tanta torpeza. Lo absurdo de las situaciones es tan evidente que el espectador entiende rápidamente que a estos personajes no los une ningún tipo de afán vicioso sino más bien la más pura y sincera amistad. Sus acciones no están guiadas por el cálculo o la malicia sino –aquí viene la esencia de su cine– por la ternura y la gracia de jugar, de seguir creyendo que son niños, de quererse con honestidad y tolerancia. Y esa celebración a la amistad Wes Anderson la ha trasladado a su vida misma. Él es un director que quiere mucho a sus actores. Escribe con ellos, escribe y dirige para ellos, y salvo excepciones, resultan ser los mismos siempre. Anderson estudió Filosofía en la Universidad de Texas y allí conoció a Owen Wilson, su compañero de ruta para el resto de su filmografía. Si sólo conoces a Wilson por sus papeles graciosos en tontas comedias americanas te sorprenderá lo extrañas que pueden llegar a ser sus actuaciones en las pelas de Anderson. Además, no sólo actúa, sino también co-escribe los guiones. Los otros actores son Luke Wilson, el gran Bill Murray, Angélica Huston, Jason Schwartzman y un personaje rarísimo y silencioso llamado Kumar Pallana. 

No debemos dejarnos llevar por la apariencia inofensiva de sus películas, su serenidad no es producto del aburrimiento sino todo lo contrario, sus historias son escenarios de calma después de haber pasado una tempestad interior. Anderson no cuenta la historia de esas batallas –que uno tiene consigo mismo– sino más bien muestra los días posteriores al conflicto, en donde aquel héroe herido, quizás ya derrotado, mira con melancolía el horizonte y trata de disfrutar sus últimos días respirando tranquilamente, sosegado y conforme con su destino. En Bottle Rocket, Lucke Wilson acaba de salir de un hospital siquiátrico. En Rushmore, Bill Murray es un aburrido millonario que descubre la amistad después de años de una vida inmersa en el sinsentido. Así mismo, en The Royal Tenenbaums, se cuenta la historia de una familia de genios que inexplicablemente cayeron en el fracaso y que ahora luchan por mantener con vida aquello que en algún momento los unió. Las películas de Anderson son un tributo a las segundas oportunidades, una demostración que la vida está hecha de experiencias sencillas, pero que para llegar a ese disfrute hay que pasar por un camino irremediablemente doloroso.

Como muchos directores americanos, también habla de la familia como la principal fuente de traumas y conflictos de sus personajes. Las familias en sus películas son siempre adineradas y excepcionales, pero no exentas de angustias. Su película emblemática es The Royal Tenenbaums y es la historia de una familia disfuncional –aunque esta palabra no sólo es manida sino también insuficiente si nos referimos al cine de este director– que intenta unirse después de muchos años, años en que parece que sus miembros han sufrido –en silencio y por dentro– como ratas de laboratorio. Los Tenenbaums son una familia de genios cuyas carreras se han quedado estancadas, diría yo atrofiadas, por los continuos golpes emocionales que han padecido a lo largo de su vida. Gene Hackman es el padre de familia y es una persona irresponsable e inescrupulosa, pero –como suele pasar con sus personajes– lo es de una manera tan graciosa y triste que se gana el perdón del espectador. Han pasado quince años desde que él los abandonara y el ahora solitario padre quiere recuperar a su familia fingiendo un cáncer al estómago. En la búsqueda por descubrir cómo han crecido sus hijos, el padre encontrará un abismo que los separa. ¿Qué será de aquella persona que alguna vez fue tu hijo?, quizás ahora es un completo desconocido. 

Se confunden si piensan que sus películas pueden ser sencillas. Anderson no hace concesiones. Es cierto que busca divertirte, pero eso sucederá a costa de una complicidad. Sus personajes son siempre solemnes, serios, incapaces de expresar emociones con sus gestos. Están siempre encauzados en planificaciones absurdas, son obsesivos, incluso ridículos, y si no eres capaz de leer que hay detrás de esas miradas, prontamente te sentirás decepcionado y aburrido. Ojalá que no, ¡porque creo que su cine vale tanto la pena!


P.D. 1: Los soundtracks que utiliza Wes Anderson son realmente hermosos. Canciones elegidas con tal sutilidad y fina sensibilidad que parecen haber sido compuestas exclusivamente para su tipo de cine. Hay que darse una vuelta por Youtube y escucharlas y quizás eso resuma todo lo que intenté decir aquí.

P.D. 2: Otro buen amigo de Anderson es el también cineasta Noah Baumbach, quien ha dirigido una de las mejores películas que he visto en mi vida: Greenberg

P.D. 3: Aún no se encuentra disponible la última película de Anderson pero la que sí pueden conseguir es The Fantastic Mr. Fox. Película de animación donde un zorro intelectual y escritor de artículos tiene nostalgia por su anterior vida salvaje y emprende un camino para recuperarla. Hace tiempo que no me reía tanto.

P.D. 4: La tipografía que utiliza Wes Anderson en todas sus películas es Futura Md BT.

 

Foto: Another man magazine

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