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Sobre la crueldad en la poesÃa de Jorge Luis Borges

| Álvaro Díaz Dávila / Criaturas extrañas | Marzo 23, 2012
Cuando ya su ceguera le habÃa arrebatado los pocos espacios de luz que le quedaban y el acto de leer y escribir pasaban ya a formar parte de su nostalgia, Borges se volcó casi en su totalidad a la creación de poemas. La posibilidad de la rima y las cortas extensiones facilitaban su memoria y le hacÃan posible que siguiera escribiendo en medio de esa infinita noche. Imaginen qué tan intenso habrá sido para un hombre como Borges estar inmerso en una absoluta oscuridad y tener sólo a las palabras como únicas compañeras. Estoy seguro que aquel terrible suceso –injusto y paradójico– fue una de las claves para que profundizara agudamente en la soledad.
Borges es cruel. No debe engañarnos el recuerdo que tenemos de su frágil figura, su ceguera o su tartamudez. Su compasión por el ser humano es tan severa e implacable que tiendo a pensar que se trata de algún tipo de crueldad. No en una crueldad causada por la malicia, sino más bien en el cometimiento de un castigo inevitable, como cuando sin querer pisas una cucaracha.
Borges es cruel pero no lo aparenta. Si Cioran o Schopenhauer nos parecen un par de viejos violentos y gruñones, al lado de ellos Borges es más bien un anciano tranquilo y apacible que nos confiesa sus temores y su insignificancia. “Soy un cobarde, si no, pregúntele a mi dentistaâ€, dijo alguna vez. Sin embargo, ¿hay alguien que mejor haya retratado la angustiosa soledad del hombre mientras se encuentra defecando en un retrete? (1) ¿No es acaso eso un terrible golpe a nuestro orgullo? Por otro lado, ¿será justamente esa fragilidad de la que tanto hace alarde su principal fortaleza para entender qué significa ser poeta? (2) Si él mismo es un entregado, una vÃctima, un viejo ciego que defeca ¿qué podemos reprocharle? ¿Son más duros los golpes si los recibimos de alguien que no puede defenderse?
En un poema titulado El suicida, un hombre –que es todos los hombres– está a punto de morir y se da cuenta que, una vez que él desaparezca, desaparecerá también todo el universo (3). La confrontación del individuo frente al mundo es una constante en la poesÃa Borgeana. En sus versos advertimos su burla por todos los intentos banales que hace el hombre para justificar su existencia, encontrarle un sentido o por tratar de entender cuál es nuestro destino. Sin embargo resulta que somos el centro del laberinto que tramaron nuestros propios pasos y todo es tan inútil que no tenemos otro consuelo que aferrarnos a la ingenuidad, asombrarnos que una llave pueda abrir una puerta y que la rosa tenga el olor de la rosa (4)
Quizás el más temible de todos, el más despiadado y estremecedor, sea el poema llamado El Remordimiento (5). En él se concentran todas mis pesadillas y suelo recordarlo cada vez que soy vÃctima de un gran encogimiento de hombros… Mis padres me engendraron para el juego / arriesgado y hermoso de la vida… / Los defraudé. No fui feliz. / Cumplida no fue su joven voluntad. ¿Qué habrá querido decirnos Borges en esos versos? El profundo lamento por lo no vivido, la infinita insatisfacción, la impotencia por no llegar nunca a ninguna parte, la desazón inherente a la existencia y quizás muchas cosas más que mi juventud me prohÃbe entender.
Antes de concluir estas ideas sueltas –y por supuesto incompetentes– sobre la poesÃa borgeana, quisiera dejarlos con unos versos que contradicen el tÃtulo de este artÃculo y que demuestran además – por más pesimista que he podido parecer con este texto– que leer a Borges no es para nada una penitencia o un castigo si no que al contrario, como él lo quiso, es un acto de felicidad y una recompensa. El poema se llama La Dicha.
El que abraza a una mujer es Adán. La mujer es Eva.
Todo sucede por primera vez.
He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la
luna, pero qué puedo hacer con una palabra y con una mitologÃa.
Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos.
Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre.
Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen.
Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra.
El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego.
En el espejo hay otro que acecha.
El que mira el mar ve a Inglaterra.
El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la batalla.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado la espada y la balanza.
Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseÃda,
pero los dos se entregan.
Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno.
El que desciende a un rÃo desciende al Ganges.
El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio.
El que juega con un puñal presagia la muerte de César.
El que duerme es todos los hombres.
En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar.
Nada hay tan antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.
BONUS TRACK:
1.- La Prueba
Del otro lado de la puerta un hombre
deja caer su corrupción. En vano
elevará esta noche una plegaria
a su curioso dios, que es tres, dos, uno,
y se dirá que es inmortal. Ahora
oye la profecÃa de su muerte
y sabe que es un animal sentado.
Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos
los vermes y el olvido.
2.- El cómplice
Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
Me engañan y yo debo ser la mentira.
Me incendian y yo debo ser el infierno.
Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
Mi alimento es todas las cosas.
El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
Debo justificar lo que me hiere.
No importa mi ventura o mi desventura.
Soy el poeta.
3.- El suicida
No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.
4.- El ingenuo
Cada aurora (nos dicen) maquina maravillas
capaces de torcer la más terca fortuna;
hay pisadas humanas que han medido la luna
y el insomnio devasta los años y las millas.
En el azul acechan públicas pesadillas
que entenebran el dÃa. No hay en el orbe una
cosa que no sea otra, o contraria, o ninguna.
A mà sólo me inquietan las sorpresas sencillas.
Me asombra que una llave pueda abrir una puerta,
me asombra que mi mano sea una cosa cierta,
me asombra que del griego la eleática saeta
instantánea no alcance la inalcanzable meta,
me asombra que la espada cruel pueda ser hermosa,
y que la rosa tenga el olor de la rosa.
5.- El remordimiento
He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfÃas
del arte, que entreteje naderÃas.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.
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